lunes, 24 de octubre de 2011

Esclavas de piedra



Nadie conocía su secreto. Al anochecer, cuando cerraban el palacio, abandonaban su posición, a menudo un poco hierática y hacían pequeños estiramientos, despacio primero y siguiendo un orden cósmico: cabeza, brazos, manos, piernas y espalda. Se desataban los lazos que sujetaban sus largas melenas y se desprendían de los pliegues de sus ropajes, para lanzarse todas juntas a unas correrías sin freno por los jardines circundantes. Danzaban, reían y se abrazaban al son de una música maravillosa que procedía del mar. Soñaban que eran humanas. Entre risas comentaban los sucesos del día, qué visitante se había atrevido a tocarlas y cuántas fotos les habían tomado. No, no eran ninfas, tal vez no recordaran su origen, pero Selene no se atrevía a reflejarlas.

El convidado

Me enamoré perdidamente de todas en cuanto las vi. No me lo pensé dos veces, quería pasar el resto de mis días junto a ellas y respirar su mismo aire. Me desvestí, me coloqué una túnica que encontré tirada,  cogí mi iPad 2 en mi mano derecha,  en lugar bien visible, cercano al corazón y me situé el último en la fila, anhelando convertirme en  inmortal.

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