lunes, 20 de marzo de 2017

No estaba sola



“Un paisatge és una forma de percebre i valorar un territori, una manera d'habitar-lo, i de teixir en ell i amb ell la identitat personal. No poder continuar vivint en el propi paisatge significa perdre una part fonamental d'un mateix”.  Marta Tafalla

Violeta nunca pensó que la vivienda que había heredado de su abuela en un popular barrio valenciano iba a verse de pronto rodeada de edificios caros y de casas rehabilitadas por equipos de arquitectos prestigiosos. Tiendas de diseño, restaurantes, pubs, cafés y galerías de arte sustituían a los antiguos comercios de toda la vida.
Estaba muy inquieta con los cambios que se producían de la noche a la mañana, y se sentía como una superviviente de su entorno.  La gentrificación hacía que las clases sociales más desfavorecidas se vieran obligadas a abandonar sus casas.
–¿Y quién sabe qué reglas rigen ese flujo vivo y cambiante? –se preguntaba.
Había leído en algún lugar que inversores británicos estaban comprando edificios enteros.
–¿Tendrá todo esto algo que ver con el misterioso Brexit? –seguía preguntándose al tiempo que paseaba y contemplaba su barrio.
Ella, desde luego, no tenía ni idea. Por eso salía a la calle a plasmar los constantes cambios del lugar con su cámara, como una espectadora de su tiempo. Fotografiaba las fachadas de las casas antes y después. Se metía en su interior y también captaba su alma y retrataba la magia de lo visible y lo invisible. Hablaba con los inquilinos, forzados a emigrar a la periferia a causa de esos alquileres insostenibles.
A veces pensaba que estaba viviendo en los fotogramas de una película futurista, pero otras, la mayoría, su entusiasmo decaía frente a las continuas afrentas al corazón de los viejos edificios.
Atrás quedaban las historias de los zaguanes de azulejos valencianos con sus cenefas modernistas repletas de coloridas frutas y flores. No tenían nada que ofrecer frente a las asépticas y frías losas de mármol o micro cemento que representaban la modernidad.
Violeta había vivido en ese céntrico barrio toda su vida, allí se casó y se quedó viuda, allí también la jubilaron anticipadamente de su trabajo en la administración periférica. ¡Tanto tiempo únicamente para ella a lo largo del día! Por eso decidió comprarse una pequeña cámara y dedicarse a uno de sus pasatiempos favoritos. Había realizado algún curso de fotografía y no le salía tan mal.
Además, se encontraba bien físicamente, practicaba taichí y meditación en un local de terapias orientales cercano a su vivienda, y le encantaba caminar sin rumbo por su ciudad.
De las habitaciones de su antigua casa, una la empleaba para realizar su afición a las manualidades, y otra la destinaba a estudio y laboratorio fotográfico. Numerosas copias en blanco y negro colgaban sujetas con pinzas, de hilos de la pared. Era el cuarto oscuro.
Por el contrario, en la sala que daba al balcón y a la calle, la luz entraba a raudales sobre la mesa, cubierta siempre de telas, agujas, ganchillos, hilos, cuentas de colores y diferentes útiles de trabajo. Allí Violeta realizaba distintas obras: mariposas que separaban páginas de libros o eran pendientes o collares; flores que servían de adornos a puertas y paredes, que eran broches o pasadores para el cabello, o bien se colocaban de adorno en un jarrón. Arco iris que pendían de lámparas o que se podían situar en el centro de alguna habitación atravesándola de una esquina a su opuesta. Las vendían diferentes tiendas, incrementando con ello su exigua pensión.
Péndulos de cristales colgaban del balcón donde vivían las macetas, haciendo que la luz se descompusiera en sus diferentes reflejos bailarines. Siempre había sido muy imaginativa y colorista y le gustaba rodearse de objetos curiosos.  Y ahí se sentía ella misma y muy bien.
Menuda e inquieta, cada mañana dejaba a Augusto, su gato, alimentado y con sus necesidades satisfechas, antes de lanzarse a la calle con la cámara siempre guardada en el interior de su bolso bandolera.
Fue una de aquellas mañanas cuando leyó en la puerta de un atelier vecino, la convocatoria de un concurso de fotografía para aficionados, circunscrito a imágenes del barrio. Justo lo que a ella le gustaba, ¡no podía creerlo! Entró a informarse y recogió un folleto con las bases.
El Ayuntamiento de Valencia era el patrocinador, el premio sustancioso, tres mil euros. Una única fotografía o una serie sobre el mismo objeto o tema. La finalidad, por supuesto, consistía en publicitar las profundas mejoras del barrio.
Un cosquilleo de ansiedad le recorrió la espalda. Sin darse cuenta y sin poder pensar en otra cosa, sus pies la habían encaminado hacia los árboles de los jardines del antiguo cauce  del Turia. Allí podría pensar tranquila. Contaba con poco tiempo, el plazo de presentación de trabajos acababa en dos semanas, y siempre podría escoger entre todas sus fotografías, las que más le gustasen. Pero… ¿iba a colaborar con el objetivo del concurso? –dudaba para sí.
–Por supuesto que no lo haría, –se contestó en un diálogo interior.
Pasó unos días encerrada debatiéndose entre múltiples posibilidades. Eligió las fotografías de mejores encuadres y enfoques, las que parecían difuminadas como cuadros impresionistas y las que tenían movimiento. Consultó entre sus amistades, y finalmente no se decidió por ninguna, sino que presentó una serie totalmente nueva. Estaba muy satisfecha con su trabajo. Los vecinos de su casa andaban también revueltos y ajetreados.
Siguió con su vida mientras el jurado se tomaba un tiempo para la deliberación.
Por fin llegó el gran día, la habían convocado en el Salón de cristal del Ayuntamiento, allí anunciarían el fallo del concurso y después conocerían de primera mano los trabajos premiados y finalistas en la sala de exposiciones.
No la nombraron entre los ganadores. Se sentía abrumada y cohibida en aquella sala tan lujosa. Su esperanza se desvanecía cuando Violeta oyó su nombre en una mención aparte. Una categoría diferente. La  máxima cuantía otorgada. Lo hicieron al final del acto, para resaltar la importancia del premio.
“Una mirada valiente” ha obtenido por la plasticidad de las diferentes escenas, sus texturas, luces y sombras, y el dramatismo de las imágenes plasmadas, el premio “Ojo crítico” del certamen, el máximo galardón otorgado.
Allí estaba la fachada de su casa, tan necesitada de reformas que no se podían pagar, en una gran imagen.  Conforme se bajaban los ojos desde el tejado hacia la calle,  aparecía una serie de ampliaciones de los balcones de cada vivienda con sus respectivos inquilinos.
Empezando por el último piso de la finca, el de ella, y manteniendo la misma focalización, en un barrido vertical,  se veían: el balcón del cuarto piso con Violeta muy seria, asomada entre las macetas y Augusto en brazos; el balcón del tercero, con la familia Serrano al completo, seis personajes muy dignos, de tres generaciones, que apenas cabían juntos y miraban atentos a la cámara; el balcón del segundo, con la pareja de ancianos que cogidos de las manos, parecían a punto del llanto junto a unas maletas ya cerradas;  por último, el balcón del primero acogía a una familia de senegaleses con sus dos hijos pequeños en brazos, ella dejaba traslucir bajo su vestido un vientre abultado.
Los ojos de todos ellos resaltaban en la oscuridad dominante del encuadre y parecían confiar en el objetivo de la cámara para mejorar sus condiciones de vida. Les iba la vida en ello.
Al llegar al pie de la fachada, sobre el portal de la puerta de entrada, se distinguía un cartel: “PRÓXIMO DERRIBO POR OBRAS”.
Violeta no estaba sola.






sábado, 18 de febrero de 2017

En el centro del corazón


                               
Me gusta encontrarte en todos los rincones de tu casa cuando tú no te hallas presente. 


Siento que respiras entre los abalorios que decoran tu habitación y en los colores de las cuentas de tus collares, pulseras y fulares. Escucho tu música cuando los balanceo.
Me gusta la luz en tus plantas.


Y te encuentro en tantas palabras ordenadas y  recogidas en tus libros...


        Me gusta tu ética y tu estética. Tus dibujos y tus objetos. 
                La artista pinta en el lienzo de las paredes. 
                               Ninguna se quedará blanca.













Me gusta descubrir a Chagall en sitios insospechados y que una niña me anticipe amablemente la puerta del baño. 


Los recuerdos vuelan por las paredes junto a mariposas y peces azules.
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Caracolas y sueños de mar adornan los rincones.
Las maletas, cansadas, reposan llenas de imágenes con las que no es necesario moverse para viajar a océanos y continentes lejanos.
Los sombreros sonríen colgados de la percha junto a fotografías de niños pequeños que juegan sin saber, que los tapices cálidos han sido situados de manera estratégica por su dueña, para suavizar caídas y golpes irremediables.
Los pequeños ya se han hecho hombres.
Es la vida y el tiempo que pasa.
Nubes de colores y flores se enredan trepando por donde se juntan las esquinas altas de la casa.
Y todo es un juego. Un juego de amigas que comparten, ríen y charlan.
Me encanta tu casa.
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viernes, 18 de marzo de 2016

Crónica de un "acostumbramiento"


Normalizar horarios, paisajes, comidas, clima y un largo etcétera constituye la aventura de viajar.
Ahora os relataré en qué han consistido semejantes novedades en nuestro periplo por este país.
Primero, el despertar matinero. Ya sabéis que como soy muy madrugadora a mí este ritmo me gusta, pero tiene sus contrapartidas, está claro. A las seis de la mañana estamos todos ya desayunando y luce el sol que da gusto, pero a las nueve de la noche nos vamos todos al lecho.
Si vas paseando ensimismada y a lo tuyo no te percatas, pero si oyes en lo alto de los árboles un ligero ruido de ramas que se golpean no pienses que es el viento, no y apártate corriendo, son los monos que se balancean y al poco empiezan a caer cocos o mangos según el árbol que se estén trajinando. Mangos que luego aprovechará Gonzalo para hacernos batidos y mermeladas. Porque aquí no se tira nada.
Las carreteras en Península Nicoya como tal no existen, así que la "pura vida" consiste en bajarse del carro que patina en las cuestas arenosas y caminar bajo un sol inclemente hasta que el conductor consiga sacarlo. Así que ya sabéis, bicicletas o andando porque no tenemos los 4x4 que llevan todos por estos polvorientos caminos. Y el carro de Cris y Gonza ha de ser vendido de nuevo al acabar el viaje. 
Acostumbrarse a los sonidos nuevos y animales selváticos también tiene su miga, hemos conocido al koatí y al aguti, pero lo peor es el estruendo ensordecedor, el rugido abismal de king kong que realizan los monos aulladores que viven en este lugar. No es que aúllen, es un aterrador bramido que te eriza el vello y que te recuerdan a las manadas de orangutanes y a Tarzán, que no sabes por qué no aparece y se los lleva a todos pitando, pero ¿qué hacen aquí? No, querida, qué haces tú. 
Es su terreno, están en su casa. Y te tragas los miedos y les das la razón, que griten lo que quieran porque eres tú la intrusa.


Acostumbrarse a ir a la playa a las ocho de la mañana y ver que las piedras tienen patas y caminan. Cuando te aproximas, después de abrir y cerrar los ojos unas cuantas veces, te das cuenta de que son ermitaños con la casa a cuestas, recorriendo a toda pastilla la arena en una incansable carrera a ningún lado. 
Y no ver ni un alma viviente en estos mares del sur, solo pelícanos y alcatraces que se lanzan a tumba abierta y perpendiculares a la superficie del mar a por sus manjares diarios. 
Nosotros, eso sí lo tiene, como inmejorables representantes de la civilización occidental nos llevamos nuestras sillas plegables para ubicarnos a la sombra de los cocoteros y proceder a la lectura como si estuviéramos en el tresillo de casa, sin despeinarnos, y de vez en cuando, tomando carrerilla parapetados bajo nuestros sombreros y pareos para no quemarnos, volamos hasta el agua y entonces sí, nos reconocemos en la sal del mar y suspiramos satisfechos. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Diario de viaje C.R.


Abandonamos el Caribe y seguimos viaje hasta la capital para buscar a Lucas que llega hoy al aeropuerto. Nos ha gustado mucho esta zona caliente de jungla, manglares y playas paradisíacas de arenas coralinas.
Lo mejor de nuestra llegada fue ver a los chicos: Cris guapísima y morenísima y Gonzalo también muy guapo. Olvidamos las once horas de avión incómodas y los nervios del aeropuerto esperando la maleta que no salía.
Nos abrazó una suave ola de calor tropical al salir al exterior, que envolvía la más cercana de nuestros chicos.
Los días en Grecia, en casa de Carol, que finalmente resultó ser un señor polaco, fueron nuestra primera toma de contacto con el país, colinas verdes de cafetales y volcanes en lontananza en los valles centrales de Costa Rica.
Descubrimos carreteras, comidas y monedas. Gonzalo conduce y nos prepara la comida cada día en casa. Allí nos dieron la maravillosa noticia de que van a ser padres, aunque no lo puedo contar todavía. Y  una amplia sonrisa ha pasado a iluminar el viaje y nuestras vidas desde ese mismo momento.

martes, 23 de febrero de 2016

Mágica rehabilitación



Para Nuri, Esperanza, Lucas, Antonia, Elena, Magda, MªAngels, Daniela, Antonia, Ana y tantas más… que han hecho  que brille el sol un ratito cada tarde.


(La fisioterapeuta te da la hora según el número de pacientes y la adecuación y conveniencia de tu horario).

A las cuatro de la tarde coincidíamos un nutrido grupo de mujeres y Nuria nos repartía entre las diferentes máquinas de nombres impronunciables. Algunas no nos conocíamos, o  solamente de vernos por la calle. Es lo que tiene vivir en un pueblo, que casi siempre te pones a hablar y aparecen amigos comunes. Después coincidíamos en un corro de sillas alrededor de las TENS donde nos iba enchufando veinte minutos a cada una  y donde todas nos mirábamos las caras. Solo faltaba la mesa camilla.
Una vez contadas nuestras diferentes operaciones, accidentes y males, hablábamos de  temas comunes  y cuando ya fuimos cogiendo confianza, cada una explicaba algo de su vida.
Y empezaba la reunión, que al pasar los días más bien parecía una terapia de grupo, e incluso a veces una sesión de risoterapia.
Los días que nos reíamos como locas venía el enfermero desde su puesto vigía a la entrada de la clínica, Lucas, a mandarnos callar. Y entonces nos entraba más risa, como cuando estás en un entierro y no te puedes reír y disimulas  y casi te lo haces encima aunque esté  muy mal decirlo. Los tabiques que separaban las consultas eran tan finos que molestábamos a la psicóloga, que nos oía a nosotras mejor que a sus pacientes.
No sé si la rehabilitación, sinceramente,  nos servía para algo, en eso somos un poco escépticas, pero nuestros huesos sí salían más rijosos y nuestra visión de la vida, más placentera. Es estupendo reír porque sí. Mujeres tales como empleadas del hogar, jubiladas, restauradoras y comerciantes, nos sentíamos unidas en nuestro infortunio y convertíamos las penas en chistes. La vida se complica tanto y es a veces tan brutal, que encontrar personas con las que poder charlar y reírte un rato se convierte en un bien precioso. Es un freno en nuestra desenfrenada vida.
Algunos días aparecíamos  con una coca dulce para hacer una merienda comunitaria y, en ese momento, nos importaban bien poco nuestros males y nos levantábamos prestas a ayudar con las servilletas, los vasos y lo que fuera… que colocábamos encima de una mesa rehabilitadora multiusos/multifunciones que nadie nunca utilizaba.
Cuando nuestra fisio, Nuria,  nos decía: ya acabas, Antonia, creo que terminas hoy. La susodicha nos miraba compungida y contestaba:  bueno, pero ya sabes que volveré a ir al trauma porque aún no me encuentro bien.
Y nuestro pequeño círculo ensanchaba una amplia sonrisa de complicidad, y respiraba tranquilo y aliviado, pues ya sabíamos que esas eran las palabras mágicas para continuar viéndonos cada tarde un ratito sin importancia, que apenas restaba en nuestro quehacer cotidiano, sino que al contrario, sumaba mucho, muchísimo, en cada una de nuestras atrotinadas vidas.
Gracias, muchas gracias.


Malén Carrillo

domingo, 30 de agosto de 2015

La magia de las piedras


Desde que tengo uso de razón  me han gustado las piedras. Mi madre decía que ya me las llevaba a la boca en la playa cuando era pequeña, porque estaban saladas y las saboreaba. De niña también les sacaba brillo a las grandes, que formaban una sobre otra los bancales de mi pueblo. Estoy obsesionada con tocarlas todas estén donde estén. Tanto me da  que sean de catedrales o cementerios,de  iglesias o castillos, de palacios o ruinas. Al poner mi mano sobre su superficie siento que vibran, me susurran secretos, percibo su historia y me transmiten serenidad y cordura.
Estudié geología estructural y me dedico finalmente a la construcción de paredes de piedra seca en exteriores. Lo conozco todo sobre ellas, sus caras y sus venas, las que se llevan bien y  las que son incompatibles, las que cantan, y las que ríen y ruedan libres en los riachuelos. Así que con una actitud pragmática, convertí mi afición en mi fuente de ingresos. Siempre al aire libre. Y no necesito médicos ni terapias, pues al palparlas me sanan la mente y el cuerpo.
Convencida de este don, en una de mis múltiples salidas como aficionada a la arqueología, me percaté de que faltaba una piedra que cerrara el círculo del Cromlech pirenaico. Toqué el espacio vacío, la vista desde aquel lugar era magnífica, me dije,  y llevada por una fuerza magnética imparable, me situé en el centro geométrico de la circunferencia. Estaba yo sola y aturdida.
De repente un humo espeso oscureció el día. Sin saber cómo, estaba presenciando una ceremonia de incineración. Seguí muda y estupefacta el rito ancestral  de nuestros antepasados, con múltiples interrogantes en mi mente. Si el círculo delimitaba  el recinto sagrado y separaba los mundos de los vivos y los muertos. ¿Dónde me encontraba yo? ¿Acaso estaba muerta y no me había percatado del trance?
Me aparté del menhir central poco a poco, el maldito símbolo fálico de la fertilidad no sé si tendría algo que ver con mi viaje a esa otra realidad, pero me provocaba malos presentimientos. El humo resultante de la cremación era utilizado para volver al mundo de donde se había venido. Así que fui retrocediendo en sentido opuesto al mismo y al alcanzar el círculo exterior, di un gran salto y me alejé de la construcción megalítica. Nuevamente se hizo de día.
Me costó mucho olvidar todo aquello, nunca supe darle un nombre, pero mi don se transformó en maldición, abandoné mi trabajo y desde entonces no me acerco a las piedras ni mucho menos a las arqueológicas.

miércoles, 26 de agosto de 2015

La emperatriz aérea


Primero fue una suave brisa, que la hizo sentir feliz, liviana y evanescente. Ligera como una pluma que el viento empujaba hasta tocar las nubes. Podía volar pero no era ave. No había pájaros tan arriba. El día que descubrió que por fin le habían crecido pequeñas alas en la espalda, todo cobró sentido y  nunca más quiso descender de las cumbres. Ya no necesitaba soñar.

lunes, 17 de agosto de 2015

A la sombra del magnolio


Hacía mucho calor aquel verano y ya no podíamos viajar como antes. Tú estabas perdido, sin ganas de nada, y yo te cuidaba. Abrí puertas y ventanas y me senté en el suelo a mirar los viejos álbumes de fotografías. La brisa marina entró por el balcón de casa  mientras buceábamos en las aguas de coral del mar de Andamán. Un aroma a noodles callejeros nos abrió el apetito y  el mismo sentimiento de admiración y respeto nos seguía acompañando por los templos de Angkor. Estabas fatigado. Te acomodé bajo la sombra de un gran árbol,  ¿un magnolio? Para que finalmente pudieras reposar.

domingo, 19 de julio de 2015

Mi despedida

Dice Mario Benedetti que “El olvido está lleno de memoria”.  Por si acaso esta me  flaquea, he decidido recordar que:
Empecé antes de ayer en el cole de Es Puig, con todas mis ilusiones intactas. Y las fui estrenando en el aula, con los niños y con compañeros que como yo creíamos en el necesario cambio de rutina pedagógica. Eran los años 80 y asistíamos al ascenso imparable de todos aquellos movimientos de renovación que defendían la escuela pública, democrática y laica. Abogábamos por el uso de la lengua materna como vehículo educativo y oficial. Rosa Sensat y Cuadernos de Pedagogía, marcaban rutas. Yo empezaba a aprender el oficio y a cogerle el gusto.
Y al compás de la escuela y los vaivenes de la educación nacieron y crecieron mis hijos y mi vida. Y en este camino se forjaron amistades duraderas.


Poco después mi culo, siempre inquieto, me llevó a la formidable experiencia de la cooperación internacional y con Ensenyants solidaris recorrí Guatemala durante tres veranos, conocí sus aldeas y  sus gentes y me enamoré de ellos y del país.
Más adelante me apunté a las nuevas tecnologías, me hice bloguera y descubrí una herramienta transformadora de las clases tradicionales. De nuevo se renovaban las ilusiones, al tiempo que aprendía un montón de todos los compañeros de Aulablogs, mucho más sabios.
Ahora he tenido la gran suerte de poder asistir al movimiento asambleario de estos últimos años. Y con él, a mi deseo creciente de dejar mi lugar a los jóvenes tan bien preparados y que ya necesitan trabajar.
Además, a lo largo de estos últimos años me he dado cuenta  de que las palabras me enganchan, no solo como lectora, sino para juntarlas e ir escribiendo y contando. Las palabras tienen música, nos emocionan y nos hacen soñar.
Creo que en el fondo todos nosotros tenemos la gran suerte de ser unos tremendos narradores de historias, aunque no seamos conscientes de ello.  Y las nuestras tienen a diario en las clases a unos receptores de alta calidad: nuestros alumnos.

Muchas gracias.

(Discurso que me dediqué a mí misma en la despedida del instituto)


Para mi estimada Mª José, maestra de profesión y vocación

A la MARI en mayúsculas, la de San Juan y Muchamiel, la de Asturias y Mallorca, la de Francia y la de España. Para ti, porque no te vas, te quedas en todos nosotros.

Como un suave soplo de brisa mediterránea te queremos decir suavecito que eres nuestra otra madre, la madre de todos y cada uno de los aquí presentes y de todos y cada uno de los chiquillos que han tenido la gran suerte de haber pasado por tu aula.
Tu fuerza -estamos convencidas de ello- es ancestral y mitológica como las de las antiguas deidades de este mare nostrum. De ahí tus poderes: enseñas, abrazas, escuchas, juegas, cuentas, dialogas, recompones, protestas, lees, suspiras, ríes, lloras, transformas, ilusionas y creas.

Posees la magia de innovar y de creer que en la escuela, las clases y las cosas se pueden hacer siempre de otra manera. Todos hemos aprendido esa lección, puesto que tú, como buena hechicera que eres, haces fácil lo complicado. Y con azúcar nos salen mejor las recetas. Has tenido muchos premios y reconocimientos, pero  quizá el mejor sea la pasión con la que te lanzas a nuevos retos y proyectos.
Con ese aire tuyo de no haber roto nunca un plato, posees todos los secretos, sí Mari, a pesar de tu aspecto, menudo y pequeño, siempre has sido una trabajadora incansable, fuerte y recia por dentro, como los volcanes. Valiente para expresarte e indignarte aunque no les fuera a agradar a tus interlocutores. Un ejemplo de dedicación y vocación para nosotras, las más jóvenes, en estos tiempos que corren.
Te has comido la vida a bocados largos, saboreándola, disfrutando y compartiendo, que es lo verdaderamente importante. Ahora a tomársela de otra manera, sin esfuerzo, a hacer lo que te gusta únicamente y con risas, muchas risas y repique de campanillas a tu paso, con la música de todos los abalorios de colores que siempre te acompañan.
Y por último, como fieles devotas de la antigua diosa, te hemos de agradecer, el haber podido conocerte, quererte y contar contigo. Serás siempre: nuestra     Mari, madre, maestra, amiga y confidente.

Tus compañeras y amigas