lunes, 9 de enero de 2012

Estaban contadas!!



                                                     
Estilo directo

El padre se atusó la sotana y con gesto rabioso y voz colérica culminó su perorata diciendo:
-Y no intentes escabullirte que no te va a servir de nada.
-No lo volveré a hacer, padre ¡lo juro, por dios¡ -musitaba sin levantar la vista del suelo.
El niño, sin atreverse a mirarlo, meditaba su castigo. Era un muerto de hambre que había tenido la ocurrencia de comerse, en un descuido, una de las hostias que celosamente guardaba el cura en la sacristía.
Toda la semana sin recreo,  de rodillas y brazos en cruz. Pero lo peor para él no era no poder salir al patio, sino no recoger el panecillo de media mañana, el que les daban para que pudieran seguir en pie hasta la hora de la comida. 

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Estilo indirecto

El padre me dijo atravesándome con su mirada que no intentara escabullirme porque no me iba a servir de nada. Estaba muy rabioso. Yo me preguntaba, desde la inocencia de mis nueve años, cómo habría podido leerme el pensamiento si no lo estaba mirando. Ese había sido su veredicto, castigarme sin recreo, durante toda una semana por haberme comido la grande, la intocable, la de la consagración. Claro, yo tenía mucha hambre y me entraron unas ganas locas. Las tenía guardadas en una cajita. Pensé que no se enteraría, ¡qué tonto!… Una semana sin patio, significaba, además, no poder pasar por la cocina a recoger el panecillo de media mañana que nos mantenía en pie hasta la hora de la comida.

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Indirecto libre (sin verbos de decir)

El padre estaba tan rabioso que el pequeño no se atrevía a levantar la mirada del suelo. Y no intentes escabullirte porque no te va a servir de nada. “Pasaba tanta hambre. ¿Cómo se le había ocurrido? Era un muerto de inanición en aquel internado de posguerra, un pobre diablo vencido, no podría aguantar una semana sin devorar el panecillo del recreo, castigado sin patio, de rodillas y con los brazos en cruz. Se moriría y todo por su afán y glotonería, haberse comido aquella hostia grande y blanca, de las que estaban guardadas en una cajita en la sacristía, le traería consecuencias irreparables. No, jamás volvería a realizar semejante tontería. Igual le echaban.”

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