lunes, 6 de febrero de 2012

Sueños de Cine








Pasábamos el verano en un pequeño pueblo de las montañas de la provincia. Corrían los años sesenta  y el único espectáculo que había y al que podíamos asistir los niños de la familia era a la sesión doble continua del cine Rialto. Yo era la más pequeña y mis hermanos, aunque a empellones, habían de cargar conmigo. Siempre, eso sí, a la primera sesión. La de la noche estaba destinada a los adultos.

Bien pertrechados con nuestras gaseosas y  la merienda preparada en una bolsa, acudíamos emocionados al cine, a pasar las tardes de los domingos.

A la entrada, junto a la taquilla, unos grandes carteles dibujados a color con las caras de los protagonistas nos anunciaban la magia que nos estaba esperando: el oeste americano, el desierto de Arabia, la estepa rusa o los monstruos gigantescos de un viaje submarino. Y allí, mientras hacíamos la cola, se iniciaba mi fascinación al contemplarlos. Ese era el anticipo.

Ya en el interior nos recibía una gran sala de  pantalla gigantesca, repleta de incómodos asientos de madera abatibles que, por supuesto, nos pasaban desapercibidos. Las primeras filas sólo poseían bancos corridos sin respaldo, por lo que siempre urgía llegar bien pronto para coger un buen sitio.

Las películas eran lo de menos a nuestra corta edad. Lo verdaderamente importante era la ventana que se abría ante nosotros cuando la sala se oscurecía. Y empezaba la aventura y nos sumergíamos en otros mundos.

Veíamos maravillados vidas de lujo, paisajes lejanos, realidades que nada tenían que ver con la nuestra, soldados que batallaban en grandes guerras,  tiroteos y persecuciones a galope de caballos, bailes y escenas de amor y  múltiples situaciones tan diferentes, que nos hacían perder, con los ojos bien abiertos como platos, y durante unas horas, cualquier contacto con la realidad.
Los bellos galanes y hermosas mujeres de la  pantalla me hacían soñar y sentirme uno de ellos, mi cuerpo bailaba al compás de las bandas sonoras. Entre música y bailes,  mis hermanos se olvidaban de mí  y volvían a casa.
Mi padre, ya acostumbrado, me recogía del asiento con sus fuertes brazos, mientras yo seguía soñando:
 -¡Vamos, Lilí, ya es hora de irse a la cama!
La sesión de cine continuaba.

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