lunes, 26 de enero de 2015

El sembrador de estrellas






Las noches en que la luna no lucía su blanco traje brillante, el señor del firmamento enviaba a su emisario más joven para que sembrase de estrellas la oscuridad haciendo piruetas, como si de un número de circo se tratase. Bailando y saltando entre los estupefactos –pues así se llamaban los habitantes de aquel planeta– iban cayendo las estrellas más grandes. Rebosaban de su cabeza como pensamientos artísticos y originales. Las más pequeñas salían de la punta de la nariz, de los dedos y de los zapatos. Eran las más cariñosas y enseguida se enredaban en otros pies, manos, narices y animales. Los niños las colgaban en el cielo de sus casas, ya que a ellas no les importaba. O las pegaban en las olas de los océanos para que el manto marino también bailase.
Un mundo nocturno de fantasía e ilusión flotaba de nuevo sobre los sueños de sus habitantes

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