lunes, 10 de noviembre de 2014

Corazones mayas

                                                
Ajenas a la realidad indígena guatemalteca, llegamos un verano al país, ya hace muchos años, como cooperantes en educación, con nuestras maletas rebosantes de ideas, materiales e ilusiones y entusiasmadas con el proyecto. Como buenas y concienciadas maestras, suponíamos que íbamos a dejar lo mejor de nosotras mismas en esas tierras. No sabíamos la huella que marcaría dicha experiencia en nuestras vidas, ni siquiera que nuestras mochilas saldrían del país más cargadas que a la llegada.
La organización de Ensenyants solidaris  con quienes colaborábamos nos trazó nuestro plan de trabajo a lo largo de diferentes escuelas de comunidades rurales situadas en distintos departamentos del país. Visitaríamos los centros para realizar in situ capacitaciones profesionales  –cursos de reciclaje–  a los maestros de la zona, viviríamos en sus casas y les acompañaríamos en su quehacer cotidiano.
Deseosas de pasar a la acción y de verlo todo con nuestros propios ojos, iniciamos la aventura por el país a bordo de gua-guas que deberían haber pasado a mejor vida y que iban repletas hasta los topes por carreteras que no merecían tal nombre.
En esas camionetas destartaladas comprendimos la discriminación racial que soportaban los indígenas cuando el conductor mandó levantarse a una anciana ataviada con el traje típico: el huipil y el corte que representa a su etnia, para que nos sentáramos nosotras. No sólo no lo consentimos sino que se convirtió en blanco de nuestras críticas mientras duró el trayecto y así, sin darnos cuenta, empezó nuestro aprendizaje de otra realidad inconcebible para nuestras civilizadas mentes europeas: veintiuna lenguas indígenas y otros tantos grupos mayas, diferenciados no solo por su habla sino por su ubicación, costumbres y vestimenta.
El paisaje pasaba rápido por las ventanillas al tiempo que nuestras retinas intentaban atrapar tanta belleza y tonos verdes salpicados de coloristas indumentarias. El país nos atrapó desde el primer momento que salimos a descubrirlo: volcanes, lagos, montañas, selvas y milpas, pero sobre todo por sus personas, tan sencillas y dignas. 
Conocimos la organización de viudas guatemaltecas (CONAVIGUA), luchadoras infatigables por los derechos de los indígenas y convivimos un tiempo con los niños del orfanato que mantenían en El Quiché, una de las zonas más golpeadas por los militares. Ellas siguen y prosiguen luchando por el reconocimiento de la justicia y dignificación de las víctimas del conflicto armado.
Nuestras ideas europeas y nuestros objetivos fueron cambiando con la diaria convivencia. La tempestad tropical nos empujó a través de caminos sin asfalto  y casas de paredes de palma. Nos hicimos al día a día de nuestras compañeras: la familia y las clases, los frijoles y los cursos,  los mosquitos y la malaria,  las carencias sanitarias y el  agua no potable de los pozos. Conocíamos las desdichas, pero no tantas ni tan juntas.
Lo que menos nos importaba a la caída de la noche no era el hecho de no tener electricidad, algo habitual en los poblados, ni aseos ni agua corriente, o de que las ratas pasearan impunes por los tejados, sino la imposibilidad de poder realizar todo lo que queríamos. Y queríamos acompañar al médico -que estaba muy lejos y solo una vez a la semana-  al pequeño de la casa, y poder multiplicarnos porque los ancianos de la comunidad deseaban aprender las letras y no conocían el español.  
Nos sentíamos muy alejadas de los objetivos del milenio, a aquellas tierras no habían llegado; y nuestro esfuerzo y trabajo, solo eran meros parches. No podíamos apartar la idea de que nosotras volveríamos al cabo de un tiempo a nuestras cómodas vidas y ellos continuarían igual, subsistiendo a duras penas por haber nacido en una latitud diferente. 
Y desde la distancia comprendimos que Guatemala son sus niños y niñas, esos que van descalzos a la escuela para comer caliente una vez al día, y que juegan, ríen y aprenden; y, al acabar su jornada escolar,  los encuentras vendiendo en el mercado, o llevando el grano de maíz de la cosecha familiar al molino y que, a pesar de que han crecido a fuerza de necesidad, siempre te muestran sus mejores sonrisas.
Y Guatemala son sus maestras, que con más voluntad que medios desarrollan su trabajo. Que te bendicen a toda hora aunque no seas creyente y comparten lo poco que tienen contigo. Que van a la iglesia a hacer ofrendas y a rezar a sus santos, además de creer en la diosa madre: la tierra y la naturaleza.
Aprendimos de todos ellos, de sus necesidades y carencias, y sin darnos cuenta fuimos dejando nuestro corazón en todos los lugares recónditos que recorrimos y en todas las personas que nos abrieron las puertas de sus casas y nos contaron su historia: la de los orgullosos mayas, azotados por tantos años de guerra civil, y casi exterminados. Los que sobrevivieron se quedaron sin casas, sin pueblos, sin derechos. Constituyen las comunidades desarraigadas. Se inició la reconstrucción, pero aún lloran a sus muertos. No descansarán hasta haberles dado digna sepultura.
Y por todos ellos regresamos el siguiente verano y otro más. Habíamos dejado nuestro cariño repartido entre los moradores de los poblados y nuestras promesas por cumplir en los próximos viajes.
Por eso, los seguimos llevando muy dentro, formando parte de nosotras, de nuestros corazones, ahora también mayas.


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