miércoles, 28 de marzo de 2012

Reproches



                                                       Obra del fotógrafo francés Robert Doisneau (1912-1994)
Me aprieta el paquete que mi madre se empeña en ponerme todavía, tan pesada en su papel de madre protectora de su cría. Como si no pudiera controlar mis esfínteres. Es incomodísimo caminar con las piernas tan abiertas, y mi padre y su amigo que no paran de charlar, mientras yo cuento las líneas que se van cruzando bajo mis pies. Pero ellos encontrarán el tesoro antes. Al parque, ¡Ja! como si no los conociera yo. Se enzarzan en sus discusiones filosóficas y no me prestan atención ninguna. Es una pena que mi cabeza sea de niño superdotado y mis pensamientos no puedan ser emitidos por estas malditas cuerdas vocales, apenas sin desarrollar, casi de bebé. Solo me comunico con sonidos guturales, gritos y llantos, por cierto,  creo que ya les debo dar un toque: ¡Ggrgrgrgrgraaaa!

lunes, 19 de marzo de 2012

NEGRO OBSIDIANA



                                                                                               Fotografía de Brian Soko                
Su rostro era tan hermético, como su boca cerrada. Su mirada se escondía tras unas gafas de sol, oscuras e impenetrables.  Jamás vería lo que no le importara.  Unos aros pendían coquetos de los lóbulos de sus orejas. Era muda, ciega y sorda en algunos momentos;  invisible en otros, vigilaba sin ser vista; era dura y fuerte como la obsidiana. Podía resistir todo tipo de embates, condición indispensable en su labor diaria. El sombrero ocultaba una media melena rubia y una cabeza noble,  que funcionaba rápida y sagaz.  Aparentaba más años de los que tenía y ahí residía el secreto de su poder. La  vida no le había dejado tiempo para mimarse, pero no le importaba. Lo único trascendental eran las misiones que le confiaban. El abrigo guarecía un cuerpo seco y atlético, que nadie miraba. Nunca podrían sospechar de ella, esa aparentemente  casi  anciana, que cruzaba a un lado y a otro de la frontera, portando mensajes, mientras contemplaba el reflejo de su figura en la ventana.

Nuestro mar


                                                                     obra de Nuria Meseguer
Unos días éramos sirenas; otros,  estrellas de mar; la mayoría de las veces gigantescos cefalópodos, ballenas o tiburones. Y a bordo de las olas, recorríamos entusiasmadas los siete mares buscando nuestras incautas presas.
Nos hicimos mayores y ya no somos nada. Dejamos que nuestros 
recuerdos floten ingrávidos como nuestros cuerpos en el agua.  No nadamos, solo hablamos y recordamos. Con nuestros sombreros bien atados a la cabeza, como entonces, sentimos que el tiempo no pasa y no pesa y seguimos charlando y charlando. Los pececillos nos mordisquean los pies, pero les dejamos hacer, estamos acostumbradas, nos creemos que son los mismos de siempre, aquellos de cuando éramos  niñas... 

domingo, 18 de marzo de 2012

LIBRE



Maite era delgada, alta y angulosa como un esbozo de silueta de un solo trazo. Pero no le gustaba vivir en su cuerpo y eso que le permitía realizar hazañas extraordinarias como encogerse, aguantando la respiración, y pasar por los resquicios de puertas y ventanas cerradas, sin apenas despeinarse. Añoraba las redondeces de las demás mujeres, quería ser un círculo perfecto. Sus amigas envidiaban su figura y sus extrañas cualidades, aunque ella las aborrecía.
Un día decidieron que experimentara lo que se sentía siendo una esfera, para ver si así ya desechaba su idea. Le ataron el tobillo a una cuerda muy, muy larga y la hincharon y la hincharon con helio hasta que se convirtió en un globo de colorines. Maite se alzó sobre todas y pudieron descubrir en su cara una plácida sonrisa de felicidad, se soltó del amarre que la retenía prisionera al mundo conocido y se abandonó libre a un vuelo suave, mecido por el viento entre las nubes. No pensaba regresar jamás. 

sábado, 17 de marzo de 2012

La voz escondida



El día que Inma perdió su voz la buscó por toda la casa y no hubo forma de encontrarla. Salió al jardín, a ver si alguna cigarra cantarina le hubiera querido gastar una broma. El sol lucía inclemente y allí estaban ellas gritando, aunque ninguna se la había apropiado. Se sumergió en el mar por si se le había descuidado mientras nadaba, tampoco la halló. Esperó la caída de la tarde, sentada bajo un árbol, vio salir las estrellas mientras aguardaba la llegada de los grillos, pero estos no la tenían. Estaba desconsolada, sin saber qué más hacer. Comenzó a gesticular frente al espejo, a vocalizar sin que saliera palabra alguna,  a no articular ni emitir sonidos y… poco a poco, entabló comunicación con las flores, los pájaros, las estrellas y los niños. Aprendió a apreciar la música, los colores y los cambios de estaciones. Se inició el olvido. De esto hace ya cuatro años. La voz, que tanto la quería, se había escondido en lo alto de un armario, entre la ropa que su marido ya no usaba, para evitarle expresar el dolor, los lamentos y tristezas que la enfermedad de este último le había causado. 

 Para Inma, deseando que la encuentre pronto.                   

viernes, 9 de marzo de 2012

DELICATESSEN


Llovía y llovía muchísimo, una gota fría como lo llaman ahora. Y metí al perro en la cocina. Pasó mi vecina de adosado, la Pili, a tomarse un café conmigo, de palique porque estaba aburrida como una ostra:
-No es plan, Mari,  el Tito, no puede quedarse aquí dentro, no es nada, pero nada “profiláctico”.
 A mí, personalmente, la higiene me la trae al pairo. No quise replicarle y la dejé parlotear sobre las cien mil enfermedades que podrían “contravenirme”. La Pili se hace la fina conmigo y me estaba poniendo mala malísima de escucharla, tanto taladrarme, así que la despaché sin miramientos.
Mi Tito es mucho Tito, es el chucho más borde que conozco, y no está bien que yo lo diga, pero procede de una familia desestructurada, lo encontraron los funcionarios de la perrera vagando por las calles. De ahí su extraña afición a pendonear y escaparse a la mínima que te descuidas.
La cosa es que con tanta lluvia, aunque la casa se me caía encima, yo estaba que me subía por las paredes, y para más inri, la fotonovela que leía me estaba poniendo de los nervios y el Tito que no paraba de lloriquear, así que se me fue la pinza,  abrí la puerta de la calle y,  a pesar de que caían chuzos de punta, le ordené con un par de narices: ¡aire, a ventilarse tocan!
Nunca más regresaron a darme la murga, ni el Tito ni la Pili.