miércoles, 4 de julio de 2012

Demasiado tarde


Nada más verla, supo que se iba a complicar su vida. Todas las pruebas remitían a ella, pero no quería reconocerlo y se obsesionó por encontrar otros responsables, sin resultado. 
Su coartada era débil y el móvil sustancioso. La viuda permanecía callada en los interrogatorios, desafiante y altiva, siguiendo fielmente las indicaciones de sus abogados. Se había enamorado de sus curvas como un colegial. La deseaba. El arma seguía sin aparecer.
Tras el juicio y la sentencia absolutoria, se acercó a la mujer y le dijo: sé que no eres un ángel. Ella -mientras se ajustaba la costura de sus medias- lo miró insinuante y le murmuró: ¿quieres comprobarlo?
Fue después, al aproximarse demasiado para encenderle el pitillo y mirarla a los ojos,  cuando se percató de que su perfume no lograba ocultar un aroma letal y fétido. Pero ya era tarde

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