domingo, 5 de febrero de 2012

OTRA MIRADA




Admiraban mi figura,  mi candidez, la elegancia de mi porte y esa liviandad en la que siempre me veían sumida. Desconocían que mi delgada figura se remontaba al oscuro fantasma de la ocupación nazi,  a causa de la malnutrición que padecimos todos. Tampoco sabían de mi sueño por el ballet y mi gusto por las cosas sencillas. Ni que bailé secretamente para la resistencia holandesa, hecho que guardo en mi memoria como un gran tesoro. La cámara se enamoró de mí, y por ella sí lo hice todo. Fui Sabrina, una ciega en la oscuridad, una monja, me paseé por Roma durante unas vacaciones y hasta logró que me apasionaran los desayunos de Tiffany’s y circular a dos por la carretera. Ella ha sido mi único y verdadero amor.       

SEDUCCIÓN


El local estaba en penumbra. Me acomodé en una mesa libre. Me habían recomendado aquel café en el bed and breakfast donde dormía. Al poco de que la camarera sirviera la copa, empezaron los primeros acordes del violonchelo. Y ya no supe dónde me hallaba. Sí, claro, aquello debía ser Egipto y perseguía la etérea belleza de una misteriosa dama que huía entre velos a bordo de una nave del antiguo Nilo, custodiada por dos hercúleos sirvientes. Una fuerza me impulsaba a correr  tras ella, pero ya no estaba allí, había desaparecido.  Yo, tampoco era yo mismo, sino un tramoyista que contemplaba extasiado, desde las bambalinas del Gran Teatro Bolshoi,  a un grupo de bailarinas, que hacían poesía al compás de la maravillosa música, la misma que me había seducido y  que me había hecho soñar lugares tan remotos. El sonido de los aplausos me sobresaltó y regresé al viejo recinto del Soho londinense.

sábado, 4 de febrero de 2012

La vida



Lo había esperado toda la vida. Estrella lo creyó convencida cuando le dijo que volvería, tan solo era un año embarcado y después pasarían el resto de su vida juntos. Era una decisión para salir del paso y hacer frente a la crisis, más adelante todo se arreglaría y encontraría otro trabajo. Ella lo amaba, le recordaba a aquel galán de la película "Un tranvía llamado deseo", también duro y parco en palabras  Al principio le leía a su hijo las cartas y postales del mundo que recorría su padre. Después, nada, ausencia. Había desaparecido del mapa cuyo recorrido trazaban cada noche. Su rastro se perdió en Hong Kong. No regresó al barco. Ahora, en la distancia de los años transcurridos, se preguntaba si no hubiese sido mejor amar la vida por sí misma, por lo que representa y ofrece, sin estar esperando, siempre insatisfecha, una quimera, un amor, ese que nunca tuvo y ya no tenía tiempo de alcanzar.

Navegando




Me gusta navegar por las palabras cuando escribo y bucear hasta encontrar la adecuada, como si se tratara de un preciado tesoro.
Me gusta dejarme llevar por los mares de libros cuando leo y  sumergirme en  historias que me atrapan  y me llevan flotando sin que me importen el oleaje o  el mal tiempo.
Me gusta mirar el mar y pensar en otros mundos lejanos y en los barcos que cruzan océanos y acercan continentes y tienden puentes entre culturas.
Me gustan los piratas y los aventureros, los que se lanzan sin mirar atrás, los que siempre sueñan.

El libro de la vida

                                                             "Book of Life" by American sculptor David Kracov.

Ojalá se pudieran escribir libros de todas las vidas y pudiéramos elegir uno para hacerlo nuestro. Con buena y pautada letra, como las de antes y lleno de aventuras, colores, viajes, amistad y sabiduría.
Cogeríamos un texto de aquí y otro fragmento de allá hasta que nos satisficiera al completo. Iríamos relatando nuestra propia vida de libro, alejándonos de la realidad, como en un maravilloso sueño. Un día seríamos una nómada del desierto vestida de azul cobalto, y al siguiente, una sesuda detective de crímenes irresolubles, que ella sí sabría solucionar. En otra página, una heroína libertaria, y al momento una escaladora que combate el frío, la insolación y el mal de altura, sin apenas despeinarse. Seríamos amantes del baile y de la danza, a la que dedicaríamos trasnochadas veladas, sin jaquecas incorporadas. Creeríamos en el amor y en las historias románticas a ratos, para acto seguido, transformarnos en perversas y descreídas femmes fatales.
La diversión estaría garantizada y esto es lo que nos sucede con las historias que nos cuentan los libros, vidas que vivimos, mundos soñados que  nos pertenecen al hacerlos nuestros, imaginándolos.                                                            

viernes, 3 de febrero de 2012

La atalaya



Hasta allí te encaramabas para descubrir toda la vida que pasaba a tu alrededor. La barra era un otero elevado, de mármol frío y habías de escalar el taburete para llegar hasta ella. En la altura aprendías más que en la escuela. Una pareja discutía por nimiedades domésticas  mientras tomaba café. Más allá un poeta maldito -o eso imaginabas por su aspecto- escribía en una hoja sus últimos versos mientras apuraba una copita de aguardiente. Los integrantes de un grupo de compañeros comentaban las anécdotas del trabajo haciendo chistes,  a la vez que  tomaban unas cervezas acompañadas de las tapas que les iba sirviendo Mariano. Él era indiscutiblemente el alma del local, ya que con su poderosa voz y sus ademanes imponía orden en un lugar donde las conversaciones de los clientes y la música de la máquina de discos se adueñaban del espacio, a veces caótico.  Apenas tenías diez años y tu madre estaba en la cocina, preparando los bocadillos y las tapas que Mariano iba demandando. Tú debías hacer los deberes del colegio, pero no te podías sustraer al ambiente que allí se respiraba, tan distinto del orden disciplinario del que regresabas cada día al acabar la jornada escolar. Querías ser como él, y tener algún día un bar exactamente igual a ese. Lo admirabas en secreto, aunque no te dieras cuenta a tu corta edad. Apoyado en un rincón de la barra, con los cuadernos y libros apilados al lado, eras invisible a los ojos de los demás.  También llevaban sus libros un grupo de estudiantes que hablaba acaloradamente tras sus vinos en el otro extremo de ella. Venían cada tarde, al acabar sus clases. Te sabías sus nombres  y, a pesar de que en ocasiones hablaran muy bajito, ellos siempre te saludaban y te revolvían los cabellos diciéndote que estudiaras mucho, que en tus manos estaba la construcción de la otra España. Imaginabas que conspiraban, aunque de eso no entendías mucho. “¿Y qué haremos con esta cuándo construyamos la otra?”, pensabas mientras mordías la punta del lápiz y apretabas bien la lengua contra los dientes para que te salieran las letras perfectas, como le gustaba al hermano Francisco, el maestro de lenguaje.  De Españas apenas entendías. A veces, y aunque llevaras mucho cuidado, el hermano se enfadaba contigo porque la plana de la tarea se había humedecido un poco y las palabras aparecían borrosas. Tú no le explicabas donde la habías hecho, ya te guardarías muy mucho. Como te guardabas de comentar lo que escuchabas al vuelo. Seguías en eso las sensatas directrices de tu madre: “ver, oír y callar, porque a ti nadie te ha dado vela en este entierro”.  Otros días el negocio no estaba tan animado; en esas ocasiones, tu madre acababa pronto la faena y volvíais antes a casa. Por el camino le contabas  qué habías hecho en el cole y le hablabas de tus cosas, de tu pequeño mundo, ese que cada día ampliaba su horizonte desde la atalaya donde  gustabas de encaramarte.


jueves, 2 de febrero de 2012

LIBERTAD




Unas pocas gallinas campaban a sus anchas por encima de los desvencijados sillones de eskay picoteándolos, mientras que los gatos se habían acomodado junto a la pequeña galería en un rincón de la  cocina, donde un perol de agua borbotaba sobre un hornillo. La mujer se mecía arrebujada bajo su toquilla en el balancín, junto a unas plantas necesitadas de sol. Recordaba otros tiempos felices en su casa. Ahora ya nada era como entonces.
-¡Madre, ya hierve el agua!
Se levantó pausada, su memoria añoraba los árboles, el aire limpio y el sol. Pero por encima de todo, echaba de menos a Blas, su marido, a quién recordaba  exactamente igual que el día que se lo  llevaron: joven, con su camisa blanca, los pantalones de faena y las alpargatas atadas. Había pasado mucho tiempo, pero en su memoria seguía igual de apuesto.
-¡Madre! ¡Las gallinas se han salido de la jaula y están haciendo desastres!
La anciana echó la malta y la achicoria en la olla y apagó el fuego. ¡Tantos recuerdos! Cortó unas rebanadas del pan y las puso en un plato junto al dulce de mermelada de la anterior temporada. Su hija tomaría el desayuno y se iría a trabajar, ella se quedaría tranquila de nuevo con sus pensamientos.
Las gallinas saldrían de la jaula porque necesitaban territorio.
Desde que las habían desahuciado de su casa en el pueblo por impago de las letras, su vida, como la de los animales, languidecía en aquel pisito. 

jueves, 26 de enero de 2012

Ruptura



Con este amargor tan extraño que me sube desde las vísceras hasta la boca le digo que ya no puedo más. Noto cómo la bilis se remueve en mi interior y el miedo atenaza mi garganta. Siento náuseas. No puedo más y él se ríe a carcajadas mientras me va empujando hacia la cocina. El vómito asciende hasta  mi boca  con el tiempo justo de llegar al fregadero. Son ásperos momentos en los que se me  aparece, como en una nebulosa, toda nuestra vida en común,  que no quiero que siga siendo la mía.  Ya no me reconozco y él es un desconocido para mí.

jueves, 19 de enero de 2012

El secreto del artista





El maestro había sido requerido a la corte para que cuidase de la afición del monarca. Sobre él recaía la responsabilidad de la conservación de la gran colección real. Mimaba los cuadros con auténtico celo de enamorado. Los disponía según el momento del día y los volvía a colocar  para que  se acomodaran mejor al juego de luz y sombras en constante cambio. Cuando se hacía de noche y se encontraba ya a solas, sacaba su caballete y su paleta de colores y los copiaba en secreto, como secreta era su pasión por ellos.

Los recuerdos





Algunos recuerdos se quedan anclados en nuestra memoria independientemente del tiempo que haya transcurrido, son recurrentes y conservamos las imágenes y las sensaciones tal y como las percibimos en su momento. A veces fantaseamos con ellos y nuestros amigos siguen siendo jóvenes, aunque hayan pasado treinta años, sobre todo si no los hemos vuelto a ver desde entonces. Por eso, cuando el azar hace que nos tropecemos con alguno de ellos, no quieres reconocerlo, ya que se te desmontan la fábula y  las fantasías; y no quieres quedarte sin ellas. No, solo quieres que  él permanezca siempre como en tus sueños.