Al levantarse cada mañana, tras el desayuno, iniciaba su tarea: repasaba mentalmente todo lo que había hecho y
dicho el día anterior, sin dejarse una palabra. Tal esfuerzo requería mucha
concentración por su parte. Se llegan a decir y a omitir muchas cosas a lo largo de una jornada. Después, iba al
botiquín y empezaba a curar todo lo que se había malogrado por su intervención:
una tirita para su compañero, a quién había herido sin necesidad; un poco de
yodo para aquel vendedor, que no tenía la culpa de que los precios subieran
tanto; un toque de pomada antihistamínica para la relaciones del banco, ella no
era la causante del descalabro financiero… Y así, con todos los afectos
reparados, se sentía mejor y empezaba una nueva jornada.
