jueves, 17 de febrero de 2022

Los tejidos que habitamos

Tejo, me equivoco, rectifico, vuelvo a hacerlo y  me imagino que las lanas son raíces que me fijan a la tierra para que nadie pueda moverme. Las hebras me ayudan a ello como filamentos pegajosos y adherentes. Es la urdimbre de la araña constante, que va trenzando unos pensamientos mientras aparta otros para alejarlos y que no  la obsesionen. Paso el hilo  sobre la aguja, lo cruzo y la vida pasa más lenta. La música del roce que produce me acompaña sin palabras, me  da sosiego y paz. Cuento y descuento puntos, calados, vueltas, pasadas y menguados. Y ya no puedo parar, la mecánica constante me lleva de manera automática, mis dedos bailan y se deslizan sobre las tubulares como si me fuera en ello la vida y me quedara muy poco tiempo. La realidad se equilibra y se ordena: las imágenes oscuras que me atormentaban desaparecen,  se deshacen en pequeñas partículas de colores. Es un juego, un juego como la misma vida: hilar, urdir, contar, trenzar, entrelazar.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Al cañaveral espeso

    

Se levanta sigilosa, camina de puntillas sin hacer apenas ruido y va hacia la cocina a preparar el café. Le gusta desayunar en silencio, pero enseguida aparece él, feliz y contento de verla, la abraza como si hiciera mucho tiempo que no se ven. Lleva rato esperando que se levante para empezar así su día. Necesita que se lo verbalicen, se lo ordenen y se lo expliquen. Da lo mismo que cada jornada sea igual o parecida a la anterior. El caos en su mente  aparece cuando menos se espera. 
     La pareja está sola. Sus hijos tienen sus propias familias. Ella le informa de que pronto será Navidad y que hoy van a poner el árbol con sus adornos. Su mirada ausente no revela entusiasmo ni motivación alguna. 
     –Venga, que me vas a ayudar –le dice. 
     Desde que se inició el deterioro cognitivo, este ha ido en aumento. A veces, la sorprende explicándole a su manera que hay otra persona desconocida, dentro de él. Se da cuenta de todo lo que pierde y de que él ya no es él. No sabe en qué día se encuentra. Le cuesta mucho leer y escribir. No maneja el teléfono ni sabe usar ningún mando. La necesita para todo, se siente inseguro sin ella. 
     La mujer canta pequeñas estrofas de villancicos tradicionales archiconocidos para que él continúe con la palabra que falta. 
     –Arre borriquito, vamos a… 
     –A comer. 
     –¡Que no. A comer no! A Belén. 
     Le corrige, le dice que se lo inventa y que lo hace a propósito y se ríen ambos de sus tontadas. 
     No se acuerda. Y ella prosigue imparable como si fuera una encantadora que pudiera traer de vuelta sus recuerdos con la magia de las canciones. 
     Las palabras se fueron hace más de un año, volaron, se esfumaron de su mente como si esta hubiera dejado las ventanas abiertas para que escapasen. Y con ellas desaparecieron las frases y oraciones. 
     La mujer continúa cantando mientras carga las cajas de adornos del armario del pasillo hasta el árbol del salón:
     A Belén, pastores, a Belén… 
     –Borricos. 
     –¡Borricos no! ¡Chiquillos! –Le regaña como si fuera uno de ellos. 
     Que ha nacido el… 
     Pero él es un señor mayor, no es un niño y, a veces, lo trata como si lo fuera. Y eso la deprime, prefiere no pensarlo y seguir con sus cantinelas, que no son mágicas, pero  le ayudan a afrontar el vacío de sus repetitivas vidas sin palabras. Sin palabras no, las de ellas son constantes, pero solitarias, no encuentran compañeras ni contrincantes. Y está cansada de oírse, la verdad, porque conoce de memoria su discurso de falso optimismo. 
     –Ve al armario a ver qué encuentras por ahí que nos pueda servir –le dice mientras continúa cantando, al tiempo que cuelga estrellas y bolas brillantes de las ramas. 
     Al rato, un runrún ronco y ensordecedor retumba por la casa. Es el inconfundible sonido de la zambomba, que ha debido de rescatar el marido del fondo de despropósitos, que se refugian en el último estante. Ese bramido monótono, fuerte y seco apenas permite oír la voz de él que, rejuvenecida, lleva el ritmo y canta:
 
    “Al cañaveral espeso
    de la orillita del mar, 
    para hacer una zambomba
    una caña fui a cortar,
    que esta noche es Nochebuena
    y tenemos que cantar..."

     Y ella, atónita y ojiplática, se dispone a creer, para siempre, en la magia.



martes, 30 de noviembre de 2021

AMORES DESEQUILIBRADOS


 


«Pito, pito, gorgorito…»

Me levanto despacio, sin apenas ruido, y ahí está él, aguardando para desearme un buen día y preguntarme cualquier cosa intrascendente. Se siente perdido si yo no estoy. No maneja el teléfono y leer le cuesta mucho. No coge el ascensor ni va a tirar la basura. Las pequeñas tareas, ahora, le resultan obstáculos insalvables. Las palabras no le salen, pero me explica que lleva mucho tiempo despierto. Siempre le contesto que se duerme demasiado pronto en el sillón.  Le doy un beso y empiezo una cantinela o una rima para que la complete con la palabra que omito: «Estaba la pájara…, sentadita en el verde…, con el pico picaba…»

«Dónde vas tú tan bonito...»

Voy hacia la cocina. Me sigue. Continúo con mis retahílas imparables más antiguas que la Tana. Se viene detrás a preparar su desayuno a mi lado, en mi compañía, y me pregunto por qué no lo hará antes, mientras yo duermo. No. Me espera y así el ruido que organiza se convierte en mi banda sonora matutina. Empezamos bien el día. Ya sé que se siente inseguro. Por la mañana no soy la alegría de la huerta ni la compañía más cariñosa, aunque me río por los dos, de él y de mí, de mis cantinelas, a las que me agarro como si fueran pócimas mágicas, pero que no solucionan nada. Solo taladran el silencio.

Pienso que poca gente habla de las enfermedades mentales, están mal vistas socialmente, avergüenzan y se ocultan. Es un gran error. Hay que sacarlas a la luz, reivindicar que nos ofrezcan ayuda. No los neurólogos, que en definitiva te vienen a decir que no hay fármaco que cure el Alzheimer, sino la sanidad pública, que proporcione terapias y cuidados, que nos apoye.

Vuelvo a mis rimas de toda la vida para que ejercite su memoria, intento que la enfermedad no avance a pasos de gigante.

Necesita que le organice el día, que se lo verbalice. Como si no hiciéramos siempre lo mismo o casi parecido. Crear rutinas es lo más importante. Día tras día.

«A la era, verdadera...»

A la era, después de su siesta, por la tarde, cuando me pide ayuda para las tareas: lectura en voz alta, sopa de letras, autodefinidos o simples pasatiempos que no hace si no me pongo yo con él.

Al momento me distraigo un poco y empiezo a cantar, él me sigue, lo hacemos juntos y nos reímos. Siempre he creído en los beneficios de la risoterapia.

Luego lee en voz alta, le corrijo las palabras mal dichas. Me canso. Necesito estar sola y escribir. Inventarme otras vidas. Soñaba con una jubilación tranquila, con tiempo para nosotros. Poder envejecer dignamente, cuidar de las nietas, viajar, leer. Todo se ha venido abajo. A veces fabulo con que vuelvo ansiosa al tabaco y que me despido diciendo que voy a la esquina a comprarlo, que no me queda… Y ya no regreso jamás. No fumo. Me esfumo. Esa puesta en escena, de tan repetida en mi imaginación, me resulta cómica. Luego ya me ocuparía de llamar a mis hijos y de decirles que estoy en una isla desierta, que no me busquen. Y me río sola de pensar en el careto que se les pondría.

Sé que el deterioro cognitivo es imparable y la cariñoterapia no es suficiente.

«Pim, pam, pum, fuera...»

Me pregunta cien veces por el nombre de sus hijos. Yo le respondo otras cien, sin descanso. No sé si estoy preparada para lo que se me avecina, sobre todo porque no controlo esta nueva situación. Aprendemos día a día con la sencilla regla de si esto funciona, va bien. Prueba y error.

 Se despierta por la noche y está desorientado. Viene a buscarme con cualquier excusa, me llama, me levanto. Enciende las luces, se mete en otras habitaciones o se hace pis en el pasillo porque no encuentra el baño, que lo tiene justo al lado. La pasada noche limpiaba con papel el suelo del descansillo. Le he acompañado de vuelta a la cama y he apagado las luces. Cuando le pregunto, no recuerda qué ha pasado. Se le ha escapado como se le escapa la mente de manera involuntaria. Se va volando y se queda triste, sin entender nada. Es otra persona.

Con la fiebre, el deterioro se agrava y sufre alucinaciones; habla a seres imaginarios y cree, en serio, que atentan contra él. Cuando estuvo ingresado en el hospital, tuvieron que intervenir los vigilantes de seguridad cada vez que le iban a hacer alguna prueba y no se dejaba. Él, después, agradecía muy amablemente a la escolta que lo había acompañado hasta la habitación, les daba la mano y les pedía disculpas. Parecía el presidente de alguna república bananera, en pijama azul Insalud, con tanto saludo. Yo, atónita, escuchaba a la enfermera que me contaba cómo se había negado a colaborar con la prueba requerida. Lo tuvieron que atar a la cama por las noches, porque saludaba educadamente a la enfermera de turno y cuando su cabeza aleteaba, salía de la habitación y se marchaba como un pajarito.

Luego, me narraba, de aquellas maneras, una auténtica película de acción donde los malos, siempre de uniforme sanitario, le perseguían y le querían hacer algo terrible, como sacarle sangre o un TAC o una radiografía, pero él se defendía a patadas y codazos. No se quedaba atrás para nada. ¡Qué se habían pensado! Los peores de todos, según él, eran los celadores, que lo llevaban en la silla de ruedas a toda velocidad y lo querían sacar de allí para secuestrarlo. Y yo me río siempre, siempre que puedo.

Ahora el que fabula constantemente es él, y sin mi permiso. Tendré que escribir todos sus cuentos y su imaginario, que ya es mío.

De todas maneras, cada día es un buen día.

                                                ******************

Este cuento es para todas aquellas mujeres invisibles, compañeras, madres, abuelas y cuidadoras, que no tienen una habitación propia, porque dedican todo su empeño a crear un mundo mejor.

 

lunes, 22 de noviembre de 2021

AMORES DESEQUILIBRADOS

 




«Pito, pito, gorgorito…»

Me levanto despacio, sin apenas ruido, y ahí está él, aguardando para desearme un buen día y preguntarme cualquier cosa intrascendente. Se siente perdido si yo no estoy. No maneja el teléfono y leer le cuesta mucho. No coge el ascensor ni va a tirar la basura. Las pequeñas tareas, ahora, le resultan obstáculos insalvables. Las palabras no le salen, pero me explica que lleva mucho tiempo despierto. Siempre le contesto que se duerme demasiado pronto en el sillón.  Le doy un beso y empiezo una cantinela o una rima para que la complete con la palabra que omito: «Estaba la pájara…, sentadita en el verde…, con el pico picaba…»

«Dónde vas tú tan bonito...»

Voy hacia la cocina. Me sigue. Continúo con mis retahílas imparables más antiguas que la Tana. Se viene detrás a preparar su desayuno a mi lado, en mi compañía, y me pregunto por qué no lo hará antes, mientras yo duermo. No. Me espera y así el ruido que organiza se convierte en mi banda sonora matutina. Empezamos bien el día. Ya sé que se siente inseguro. Por la mañana no soy la alegría de la huerta ni la compañía más cariñosa, aunque me río por los dos, de él y de mí, de mis cantinelas, a las que me agarro como si fueran pócimas mágicas, pero que no solucionan nada. Solo taladran el silencio.

Pienso que poca gente habla de las enfermedades mentales, están mal vistas socialmente, avergüenzan y se ocultan. Es un gran error. Hay que sacarlas a la luz, reivindicar que nos ofrezcan ayuda. No los neurólogos, que en definitiva te vienen a decir que no hay fármaco que cure el Alzheimer, sino la sanidad pública, que proporcione terapias y cuidados, que nos apoye.

Vuelvo a mis rimas de toda la vida para que ejercite su memoria, intento que la enfermedad no avance a pasos de gigante.

Necesita que le organice el día, que se lo verbalice. Como si no hiciéramos siempre lo mismo o casi parecido. Crear rutinas es lo más importante. Día tras día.

«A la era, verdadera...»

A la era, después de su siesta, por la tarde, cuando me pide ayuda para las tareas: lectura en voz alta, sopa de letras, autodefinidos o simples pasatiempos que no hace si no me pongo yo con él.

Al momento me distraigo un poco y empiezo a cantar, él me sigue, lo hacemos juntos y nos reímos. Siempre he creído en los beneficios de la risoterapia.

Luego lee en voz alta, le corrijo las palabras mal dichas. Me canso. Necesito estar sola y escribir. Inventarme otras vidas. Soñaba con una jubilación tranquila, con tiempo para nosotros. Poder envejecer dignamente, cuidar de las nietas, viajar, leer. Todo se ha venido abajo. A veces fabulo con que vuelvo ansiosa al tabaco y que me despido diciendo que voy a la esquina a comprarlo, que no me queda… Y ya no regreso jamás. No fumo. Me esfumo. Esa puesta en escena, de tan repetida en mi imaginación, me resulta cómica. Luego ya me ocuparía de llamar a mis hijos y de decirles que estoy en una isla desierta, que no me busquen. Y me río sola de pensar en el careto que se les pondría.

Sé que el deterioro cognitivo es imparable y la cariñoterapia no es suficiente.

«Pim, pam, pum, fuera...»

Me pregunta cien veces por el nombre de sus hijos. Yo le respondo otras cien, sin descanso. No sé si estoy preparada para lo que se me avecina, sobre todo porque no controlo esta nueva situación. Aprendemos día a día con la sencilla regla de si esto funciona, va bien. Prueba y error.

 Se despierta por la noche y está desorientado. Viene a buscarme con cualquier excusa, me llama, me levanto. Enciende las luces, se mete en otras habitaciones o se hace pis en el pasillo porque no encuentra el baño, que lo tiene justo al lado. La pasada noche limpiaba con papel el suelo del descansillo. Le he acompañado de vuelta a la cama y he apagado las luces. Cuando le pregunto, no recuerda qué ha pasado. Se le ha escapado como se le escapa la mente de manera involuntaria. Se va volando y se queda triste, sin entender nada. Es otra persona.

Con la fiebre, el deterioro se agrava y sufre alucinaciones; habla a seres imaginarios y cree, en serio, que atentan contra él. Cuando estuvo ingresado en el hospital, tuvieron que intervenir los vigilantes de seguridad cada vez que le iban a hacer alguna prueba y no se dejaba. Él, después, agradecía muy amablemente a la escolta que lo había acompañado hasta la habitación, les daba la mano y les pedía disculpas. Parecía el presidente de alguna república bananera, en pijama azul Insalud, con tanto saludo. Yo, atónita, escuchaba a la enfermera que me contaba cómo se había negado a colaborar con la prueba requerida. Lo tuvieron que atar a la cama por las noches, porque saludaba educadamente a la enfermera de turno y cuando su cabeza aleteaba, salía de la habitación y se marchaba como un pajarito.

Luego, me narraba, de aquellas maneras, una auténtica película de acción donde los malos, siempre de uniforme sanitario, le perseguían y le querían hacer algo terrible, como sacarle sangre o un TAC o una radiografía, pero él se defendía a patadas y codazos. No se quedaba atrás para nada. ¡Qué se habían pensado! Los peores de todos, según él, eran los celadores, que lo llevaban en la silla de ruedas a toda velocidad y lo querían sacar de allí para secuestrarlo. Y yo me río siempre, siempre que puedo.

Ahora el que fabula constantemente es él, y sin mi permiso. Tendré que escribir todos sus cuentos y su imaginario, que ya es mío.

De todas maneras, cada día es un buen día.

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Este cuento es para todas aquellas mujeres invisibles, compañeras y cuidadoras, abuelas y madres, que no tienen una habitación propia, porque dedican todo su empeño a crear un mundo mejor.

 

miércoles, 31 de marzo de 2021

Asturies 2. Nietas.

 


Aún no documenteme suficiente sobre el tema del bebercio alcohólico y  acerca de escanciar los culines de sidrina, así que charlaremos de otras curiosidades. Hoy por fin, compreme un chubasquero, que se dice igual aquí que en todas partes, para el orbayu, ese chirimiri que anda desde buena mañana dando morcilla y no precisamente asturiana. Justo, en este preciso momento, se cuecen unas lentejas con chorizo de proximidad, que da gloria el ambiente y aroma que crean en esta desangelada casa. Caminamos cada día por la senda costera del Cervigón, que a mí prestame la vida y mirar el mar me ensancha el horizonte o el alma, que una ya no sabe qué tiene. Como con Loren hablo poco, me dedico a las tiendas y me compro lo que necesito, en este caso, un chubasquero y le doy palique a la vendedora, que siempre están más que dispuestas a la cháchara. Me cuentan que como el ambiente es tan tristón por el tiempo que hace, mayormente gris, ellas lo alegran con su simpatía, para equilibrar un poco, vaya. Menos mal que los dislates de Loren los convertimos en chiste y nos reímos. Hoy en el paseo me dice que le duele la rodilla inglesa, todo serio, y yo: ¿Qué dices? –alarmada–. Que sí, mujer, la rodilla derecha y la inglesa. Al final nos reímos ambos de sus ocurrencias o cambios de palabras. Porque préstamos lingüísticos no son. Me deja pensativa con esto de las permutas del idioma, las alteraciones lingüísticas y el deterioro cognitivo y al rato me comenta, de nuevo, mientras seguimos caminando por la senda, que las mujeres libias que ve son muy guapas y deportistas. A mí ya se me ponen los ojos a cuadros y los pelos de punta, miro alrededor y le contesto: pues yo no veo ninguna. Como si supiera diferenciarlas si pasaran a mi lado. No atino tanto con las personas y menos, embozadas como vamos todas. ¿No querrás decir asiáticas o de Oriente próximo? –Le replico–, aunque yo tampoco las veo. Me doy cuenta de que duda y ya la hemos liado. Al final, las señoras que dice, ahora de rasgos venezolanos, deduzco que eran latinas y si son tan guapas y deportistas, como él afirma, es porque deben ser las mujeres de los paisanus, que como han corrido tanto mundo, casáronse y formaron matrimonios mixtos. De esta manera concluyo la discusión surrealista sobre el tema para no estirarlo y preocuparnos más de la cuenta. Y así seguimos, inventando historias para configurar y entender el mundo que creemos que nos rodea. Besines.

Gijón/Xixón

Asturies 1. Nietas. Confinamiento perimetral.


Intento mimetizarme con el asturianu y hoy he comprado picadillu, que ye lo más de lo más popular por estos lares. No os voy a explicar en qué consiste, porque tampoco lo sé muy bien, algo así como la carne picada del chorizo, su interior, vaya, pero en masa exterior al aire libre. El carnicero ya me ha explicado cómo y con qué prepararlo, que son bien simpáticos todos, y se enrollan mucho. A mí me encanta que me den charla, porque Loren no me da mucho juego en lo de conversar, aunque les entiendo poco si hablan tan rápido, así que me pueden vender lo que quieran, hasta una vaca de sus praos, si les da la gana. Bueno, el picadillo, para  los macarrones o con verdura, como un aderezo más. No podemos estar todo el día comiendo en sidrerías de menú con esas perolas de fabes que te ponen que son inacabables. A ver qué os pensáis. Nos cuidamos. Hoy he comprado filetes de marrajo, o sea tiburón. En esta tierra los pescados son todos a lo grande: bonito, bacalao, merluza de gran tamaño. También he probado los ericios de aquí, delicioso manjar, los bollus preñaus, que venden en cualquier panadería y el Afuega´l Pitu, queso bien picante. Y ya he preparado fabes verdines con almejas. Hoy ha salido el sol y el mar estaba tranquilo, así que me he paseado en mangas de camisa como una buena maizona. Los lugareños son muy cariñosos con los perros y los llevan de paseo a la arena de la playa, que está llena de canes con sus respectivos amos. Ellos son los destinatarios de todos los carteles municipales, que yo siempre leo por si acaso el aviso fuera conmigo, como buena pardilla que soy, pero no. Son los que más la disfrutan hasta que sube la marea y los bichos se bañan y no le tienen miedo al agua. Curiosidades de la vida y de los viajes. Como Manolo, el paisanu tan simpático, que conocí ayer. Vive solo con su perro, por eso necesitaba una casa con terraza y se compró un ático más lejos de la playa de San Lorenzo y del paseo. Se mudó y vende su piso, que es un edificio singular catalogado, de fachada bicolor con mirador y gran reconocimiento urbanístico. Subí con él, cómo me lo iba a perder, y me lo enseñó, porque yo estaba enamorada y por eso le pregunté en la puerta de su casa y dio la casualidad de que él era quién lo vendía. Pero claro, una no se va a comprar un pisito por mucha fachada modernista y mirador que tenga, porque, además, mira siempre al Norte y jamás le da el sol. También, ya puesta en el papel, me interesé por las humedades que tenía el parqué del pasillo y me dijo que eso había sido su perrín. Una no vive en el zaguán de la vivienda con esos azulejos con cenefas de flores, no, por mucho que le presten. Ni en la calle contemplando la bonita fachada. A una le encanta, sí, y no le importaría tener una casa cerca del mar Cantábrico, que esa es otra, siempre está furioso y ventoso, que no es lo que entendemos nosotros, los mediterráneos, por brisa refrescante, no. Es un auténtico vendaval. Eolo no desfallece nunca. El paisaje que lo acompaña sí que es un auténtico bien cultural. Ya os lo contaré, si puedo moverme. Y ya sabéis el dicho: “Asturies ye España y el resto, tierra conquistada”. ¡Arriba Pelayo!

Gijón. Marzo 2021

domingo, 21 de febrero de 2021

Distopías y transformaciones


Sin apenas darnos cuenta nuestro pequeño mundo se va cerrando sobre nosotros y vivimos prisioneros cada uno en su burbuja. No salimos ni quedamos con los amigos, no charlamos ni nos acercamos a nadie. No nos tocamos. Las palabras se nos olvidan por no usarlas. Las cifras de muertos se siguen disparando en oleadas. Nos olvidamos de viajar y nos imaginamos las sonrisas porque no conseguimos verlas. Estamos vivos, tenemos suerte. 

Ya pronto se cumplirá un año desde que empezó esta pesadilla que ha cambiado nuestra manera de ver el mundo y nuestra vida y seguimos sin acostumbrarnos. Cuando no esperamos nada, nos quedan los sueños, la ficción para combatir el miedo y la triste realidad. Los deseos de volver, la nostalgia por regresar a la vida como era antes siguen manteniendo nuestra ilusión. Tendremos que aprender a abrazar, dar besos y acariciar. Necesitaremos saber manifestar nuestros sentimientos y emociones. Hemos olvidado, durante este tiempo de distopías, cómo hacerlo. 

miércoles, 17 de febrero de 2021

Para Eva, mi hermana, de corazón.

 



 Coge el traje de sirena y ponte las alas. Vuela, disfruta, viaja.

El viento de la vida sigue soplando. Ahora con más fuerza que nunca.

Mándanos abrazos de arena y mar, de volcanes y desiertos, de laurisilvas con aromas a bosques mágicos, encantados y antiguos.

Océanos infinitos  y alisios fuertes, siempre constantes, te acompañarán en tu viaje. Navega como Ulises contra viento y marea. Canta. Sueña. Medita. No te apresures.

Visita la Anaga, donde habla la Madre Tierra y escucha el susurro de las hojas de la sabina bañadas por el viento y el mar. Atiende a sus leyendas. Reposa bajo el árbol milenario: el Drago, que te ofrecerá su protección mientras dure el camino.

Respirarás paz y regresarás cambiada.

Buen viaje, aventurera, inicias la ruta más importante de la vida: los sesenta. Que sea una travesía larga, llena de alegría, de fuerza y de ternura.

Las que te queremos, ya sabes, te acompañaremos siempre.

https://lacosmopolilla.com/anaga-el-bosque-de-laurisilva-de-tenerife/

https://www.webtenerife.com/que-visitar/otros-espacios-naturales/

 https://lostraveleros.com/que-ver-en-tenerife/

domingo, 7 de febrero de 2021

Tus abuelos: mandarinas y caramelos

 


Tienes una carita redonda, de luna bien llena. Tu abuela se asoma y reconoce en ti a sus hijos cuando eran pequeños, y a sus nietos, también bebés. Se estremece feliz hasta la médula. Eres la continuidad familiar, el eslabón más pequeño. Solo te mira y se le ilumina la cara. Te cuenta historias y te canta todo el rato y no se le despinta jamás la sonrisa.  Tú te ríes siempre con ella. Es camaleónica, unas veces parece un gato, de tremendos ojos, otras un cocodrilo o un forzudo orangután. No conoces aún tantos animales, pero te encantan los movimientos que hace con su cuerpo y sus voces diferentes y sorpresivas. Es una saltimbanqui. Te gusta mucho que el abuelo aplauda la actuación. Los miras a ambos y te lo pasas tan bien que no puedes parar de carcajearte. Te encanta estar con ellos. Los brazos de tu abuelo, a la hora de acunarte, son tan cómodos y blanditos como una mecedora. Te agarra y se te cierran los ojos enseguida que se inicia el suave balanceo. No puedes mantenerlos abiertos y los apagas como si fueran dos estrellas a la luz del día. Ya sabes que es un hipnotizador y un mago, estás convencida de ello. Te inunda su olor a montaña, a árboles, a campo. Te invita a soñar. Y tú, sin darte cuenta, eres tan dulce que hueles a almendras garrapiñadas y mantecadas. Te comerían a besos. Sueñas y cantas tonadillas infantiles y el mundo es mejor, lleno de flores, colores, arco iris, nubes de algodón y pájaros. Y la ilusión de tus abuelos, su alegría y el aroma a azúcar caramelizado se extienden por toda la casa mientras tú descansas.

Para la pequeña Carmen

miércoles, 3 de febrero de 2021

Florecilla silvestre




Dibujo préstamo de Nil Valbuena

Aunque eras muy coqueta y presumida, solo necesitabas encontrarte tú mona a ti misma, para salir y lanzarte a la calle. Muchos colorines, collares y abalorios siempre, –generalmente hechos por ti–, flores y pañuelos. Eras la reina del mambo, pues la música de todo lo que llevabas colgando acompañaba tus andares. Nada pegaba con nada, ni nada más alejado del ir conjuntada. Era tu propio estilo. Te importaba un bledo que la gente te mirase. Con los años fuiste acentuando esa tendencia de moda y pasotismo. Yo me moría de la risa literalmente, cuando paseaba contigo y tus estrafalarias vestimentas.  Además del gusto por los disfraces. Te disfrazabas siempre que ibas a contarles cuentos a los peques del cole y cuando ibas a la biblioteca a hacer una presentación o cuando te daba la gana. Hacías tuyo el "antes muerta que sencilla" de la canción, sin proponértelo, con la cabeza bien alta. Te ponías una bata de flores, de ama de casa cualquiera, encima de los pantalones, un sombrerito para que no faltara detalle y ya estabas lista.

–Pero... ¿sales así? ¿No te cambias? –le preguntaba yo atónita.

–¿Es que no te gusto, Mari?

–¡Cómo no me vas a gustar, anda, qué cosas tienes! –le contestaba, agarrándola del brazo como buenas amigas. Eres muy moderna y extravagante. ¡Vas divina!

Yo alucinaba colorines con ella. Tal vez se reflejaban en mí todos los que ella llevaba encima. Me alegrabas la vida.

Te echo de menos, amiga.