A pesar de mi corta edad, me quedé fascinada cuando te descubrí, fuiste algo más que el padre que todas hubiésemos deseado. Alto, apuesto, cariñoso y comprensivo. Eras, además, de los buenos: un modelo de integridad y un ejemplo que no debíamos perder por muchos años que pasaran. Y, no lo dudes, Atticus, apareciste de nuevo en mi vida y tu discurso no había envejecido y continuabas siendo un héroe. Ahora, para mis dos hijos pequeños, quienes se aprendieron tu película de memoria, mientras sorbían sus lagrimones y me recordaban otra infancia ya vivida.
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jueves, 9 de febrero de 2012
lunes, 6 de febrero de 2012
Sueños de Cine
Pasábamos el verano en un pequeño pueblo de las montañas de la provincia. Corrían los años sesenta y el único espectáculo que había y al que podíamos asistir los niños de la familia era a la sesión doble continua del cine Rialto. Yo era la más pequeña y mis hermanos, aunque a empellones, habían de cargar conmigo. Siempre, eso sí, a la primera sesión. La de la noche estaba destinada a los adultos.
Bien pertrechados con nuestras gaseosas y la merienda preparada en una bolsa, acudíamos emocionados al cine, a pasar las tardes de los domingos.
A la entrada, junto a la taquilla, unos grandes carteles dibujados a color con las caras de los protagonistas nos anunciaban la magia que nos estaba esperando: el oeste americano, el desierto de Arabia, la estepa rusa o los monstruos gigantescos de un viaje submarino. Y allí, mientras hacíamos la cola, se iniciaba mi fascinación al contemplarlos. Ese era el anticipo.
Ya en el interior nos recibía una gran sala de pantalla gigantesca, repleta de incómodos asientos de madera abatibles que, por supuesto, nos pasaban desapercibidos. Las primeras filas sólo poseían bancos corridos sin respaldo, por lo que siempre urgía llegar bien pronto para coger un buen sitio.
Las películas eran lo de menos a nuestra corta edad. Lo verdaderamente importante era la ventana que se abría ante nosotros cuando la sala se oscurecía. Y empezaba la aventura y nos sumergíamos en otros mundos.
Veíamos maravillados vidas de lujo, paisajes lejanos, realidades que nada tenían que ver con la nuestra, soldados que batallaban en grandes guerras, tiroteos y persecuciones a galope de caballos, bailes y escenas de amor y múltiples situaciones tan diferentes, que nos hacían perder, con los ojos bien abiertos como platos, y durante unas horas, cualquier contacto con la realidad.
Los bellos galanes y hermosas mujeres de la pantalla me hacían soñar y sentirme uno de ellos, mi cuerpo bailaba al compás de las bandas sonoras. Entre música y bailes, mis hermanos se olvidaban de mí y volvían a casa.
Mi padre, ya acostumbrado, me recogía del asiento con sus fuertes brazos, mientras yo seguía soñando:
-¡Vamos, Lilí, ya es hora de irse a la cama!
La sesión de cine continuaba.
domingo, 5 de febrero de 2012
OTRA MIRADA
Admiraban mi figura, mi candidez, la elegancia de mi porte y esa liviandad en la que siempre me veían sumida. Desconocían que mi delgada figura se remontaba al oscuro fantasma de la ocupación nazi, a causa de la malnutrición que padecimos todos. Tampoco sabían de mi sueño por el ballet y mi gusto por las cosas sencillas. Ni que bailé secretamente para la resistencia holandesa, hecho que guardo en mi memoria como un gran tesoro. La cámara se enamoró de mí, y por ella sí lo hice todo. Fui Sabrina, una ciega en la oscuridad, una monja, me paseé por Roma durante unas vacaciones y hasta logró que me apasionaran los desayunos de Tiffany’s y circular a dos por la carretera. Ella ha sido mi único y verdadero amor.
sábado, 4 de febrero de 2012
La vida
Lo había esperado toda la vida. Estrella lo creyó convencida
cuando le dijo que volvería, tan solo era un año embarcado y después pasarían el
resto de su vida juntos. Era una decisión para salir del paso y hacer frente a
la crisis, más adelante todo se arreglaría y encontraría otro trabajo. Ella lo amaba, le recordaba a aquel galán de la película "Un tranvía llamado deseo", también duro y parco en palabras Al
principio le leía a su hijo las cartas y postales del mundo que recorría su
padre. Después, nada, ausencia. Había desaparecido del mapa cuyo recorrido
trazaban cada noche. Su rastro se perdió en Hong Kong. No regresó al barco.
Ahora, en la distancia de los años transcurridos, se preguntaba si no hubiese sido
mejor amar la vida por sí misma, por lo que representa y ofrece, sin estar
esperando, siempre insatisfecha, una quimera, un amor, ese que nunca tuvo y ya no tenía tiempo de alcanzar.
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