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domingo, 22 de abril de 2012

Obsesión


Te fascinaba, no podías sustraerte a su encanto aunque no fueras correspondida. La espiabas continuamente. Primero fueron miradas furtivas cuando estabais en la mesa del comedor o cuando salía por el pasillo  y se iba a sus quehaceres. No pasaba un día en que no la siguieras con la mirada. Su figura y su porte te recordaban las ilustraciones de antiguos cuentos de príncipes encantados y princesas redentoras, seres etéreos y angelicales. Querías ser como ella, sabías que era amable contigo, como correspondía a un trato diferencial así establecido. Por eso, cuando aquella noche la contemplaste a través del ojo de la cerradura, en la intimidad de su habitación, decidiste que tenías que abandonar la casa de tus padres, tu casa. No podías soportar que otra persona, aunque fuese del servicio, iluminara la vida con una luz mayor que la tuya. 

miércoles, 4 de abril de 2012

¿Dónde están los pájaros que cantan?



Te habías instalado a escribir con la vieja máquina del abuelo en el jardín, en un rincón idílico junto al sendero de  entrada a la casa; así los ruidos no te molestaban. Nos hablabas de ellos constantemente, pero nunca habíamos tenido la oportunidad de verlos. En tus cuentos infantiles aparecían extraños seres fantásticos de los que captan la atención de los lectores más pequeños. Y creíamos  que también ellos  eran fruto de tu imaginación. Una tarde que tú habías bajado al pueblo, los vi.  Allí estaban, junto a las páginas escritas, aguardando que continuaras tus relatos para hacerte compañía y susurrarte historias secretas. Eran azules, como sus trinos.

sábado, 11 de febrero de 2012

Una luz en la oscuridad

       
                                                                        Catrin Welz Stein

Paseaba las noches sin luna por el firmamento, vigilando que toda la  bóveda celeste estuviera en su lugar: planetas, nubes, astros, asteroides y estrellas. A los reticentes los colgaba de su larga melena para que la fueran alumbrando en la oscuridad.
La señora del Alba desaparecía al llegar el día.

sábado, 4 de febrero de 2012

El libro de la vida

                                                             "Book of Life" by American sculptor David Kracov.

Ojalá se pudieran escribir libros de todas las vidas y pudiéramos elegir uno para hacerlo nuestro. Con buena y pautada letra, como las de antes y lleno de aventuras, colores, viajes, amistad y sabiduría.
Cogeríamos un texto de aquí y otro fragmento de allá hasta que nos satisficiera al completo. Iríamos relatando nuestra propia vida de libro, alejándonos de la realidad, como en un maravilloso sueño. Un día seríamos una nómada del desierto vestida de azul cobalto, y al siguiente, una sesuda detective de crímenes irresolubles, que ella sí sabría solucionar. En otra página, una heroína libertaria, y al momento una escaladora que combate el frío, la insolación y el mal de altura, sin apenas despeinarse. Seríamos amantes del baile y de la danza, a la que dedicaríamos trasnochadas veladas, sin jaquecas incorporadas. Creeríamos en el amor y en las historias románticas a ratos, para acto seguido, transformarnos en perversas y descreídas femmes fatales.
La diversión estaría garantizada y esto es lo que nos sucede con las historias que nos cuentan los libros, vidas que vivimos, mundos soñados que  nos pertenecen al hacerlos nuestros, imaginándolos.                                                            

jueves, 19 de enero de 2012

El secreto del artista





El maestro había sido requerido a la corte para que cuidase de la afición del monarca. Sobre él recaía la responsabilidad de la conservación de la gran colección real. Mimaba los cuadros con auténtico celo de enamorado. Los disponía según el momento del día y los volvía a colocar  para que  se acomodaran mejor al juego de luz y sombras en constante cambio. Cuando se hacía de noche y se encontraba ya a solas, sacaba su caballete y su paleta de colores y los copiaba en secreto, como secreta era su pasión por ellos.

Los recuerdos





Algunos recuerdos se quedan anclados en nuestra memoria independientemente del tiempo que haya transcurrido, son recurrentes y conservamos las imágenes y las sensaciones tal y como las percibimos en su momento. A veces fantaseamos con ellos y nuestros amigos siguen siendo jóvenes, aunque hayan pasado treinta años, sobre todo si no los hemos vuelto a ver desde entonces. Por eso, cuando el azar hace que nos tropecemos con alguno de ellos, no quieres reconocerlo, ya que se te desmontan la fábula y  las fantasías; y no quieres quedarte sin ellas. No, solo quieres que  él permanezca siempre como en tus sueños. 

miércoles, 18 de enero de 2012

OFICIOS



Iris era ebanista y Mario, orfebre. Se querían desde siempre. Ella practicaba a escondidas un oficio de hombres. Él construía sus sueños con filamentos de luna en forma de filigrana. Iris tallaba con pequeñas piezas de maderas de cerezo, ciruelo y naranjo sus cajitas  y secreteres. Sus pacientes manos de artesana las convertían en brillantes obras de arte. Cuando se amaban, los secretos y las joyas se sellaban eternamente.



martes, 17 de enero de 2012

Ceguera vital


       


         

 
                                                                             
Desde que se creyó a pies juntillas que la literatura era un antídoto contra el vacío de la existencia, decidió combatir la insatisfacción y la trivialidad cotidiana dedicándose a ella. Leía y  leía, pero  también le daba a la pluma, a la tecla, mejor dicho. Se afanaba en su cometido, le había entrado la ventolera de ser escritora y tener una existencia rica y fértil. Intentaba imitar a los grandes clásicos aunque no encontrara las palabras. Era tal su empeño, su dedicación y las horas que pasaba frente a la pantalla que sus amigas ya no la llamaban, apenas salía de casa y se quedó más sola que antes de iniciar su aventura escritora. Nadie le había dicho que sería un camino de rosas. Finalmente, no queriendo admitir su derrota, se quedó ciega, pero seguía feliz, inventando historias.

domingo, 8 de enero de 2012

Ser feliz con muy poco


Sus hijos pensaban que estaba mal de la cabeza. Que poseía el síndrome de Diógenes. No se lo consentían, pero a él no le importaban sus exabruptos.
Coleccionaba pequeños objetos que la gente perdía por las calles, con especial predilección por las gomas elásticas. Era como un imán que las atraía: gomas de pelo, coleteros, cierres de colores y de rayas, sujetapapeles, botones… Siempre que viajaba, encontraba esas cosas sin valor, se agachaba y las recogía con una sonrisa, como si estuvieran esperándole. Los recuerdos de sus viajes se ceñían a esas pequeñas naderías, que iba encontrando por los lugares donde pasaba.
Con los desechos que el mar arrojaba a la playa, tras una fuerte resaca, hacía una interesante selección que le llevaba días y confeccionaba móviles con ramas secas de árboles y formas retorcidas de metal o de cerámica pulida por la erosión.
Otras veces eran zapatitos perdidos de bebés o gorras o sombrillas. Cuando no se daba cuenta, sus hijos le tiraban todos sus tesoros a la basura. Y empezaba de nuevo incansable…