Lloraba tanto y tanto que sus ojos eran dos cuencas fluviales imparables. Sus vecinos aprovechaban la llantina que le solía venir cuatro veces al año para regar sus huertos siempre verdes. Las propiedades curativas de los vasos de lágrimas de sus ojos eran conocidas en toda la comarca. Al principio, Marlene lloraba sin parar y por cualquier cosa que la conmoviera, y con lo difícil que estaba el mundo, este ocupaba el centro continuo de su llanto. No dejaban que escuchara las noticias ni que leyera el diario. Los niños le llevaban sus juguetes, le hacían carantoñas y arrumacos, pero nada servía para consolarla, su pena era inconmensurable. Lloraba de día y de noche. Un día, sus ojos se secaron durante un breve tiempo y con ellos el verdor de los campos del valle donde vivía. Todo se volvió gris y sombrío y le causó tal tristeza, que sus ojos se anegaron, el río volvió a su cauce y su vida, por fin, cobró sentido.
domingo, 10 de mayo de 2015
domingo, 5 de abril de 2015
En memoria de Elisa
A veces la vida chirría tan amargamente que nos quedamos parados, sin saber qué hacer y sin consuelo.
Hago un repaso de todos mis difuntos: padres, un hermano, amigas… Y en ese cómputo de seres queridos que nos han ido dejando, destaca por su insensatez y sinsentido el de los jóvenes, jóvenes alumn@s como Katrin, Viçens de Deià, Toni de Bunyola y ahora, Elisa, cuya presencia sigue inundando el aula y nuestros corazones. Sentimos rabia como el poeta Miguel Hernández por la muerte de su amigo y hacemos nuestros los versos de A. Machado que dicen:
“Y cuando llegue el día del último viaje
Y esté al partir la nave que nunca ha de tornar
Me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,
Casi desnudo, como los hijos de la mar”
*****************
A Elisa le cantaban los ojos. Con esos enormes ojazos se reía, se entusiasmaba, o expresaba su cansancio por las tareas obligatorias. Y no es que fuera una persona callada, porque como todos los niñ@s vitales no paraba de charlar, aunque siempre sus inquietudes y sentimientos, sin ella saberlo, le asomaban a sus ojos.
El curso pasado irradiaba felicidad porque iba a tener una hermanita, Laura, y la ilusión no cabía en su interior y la desbordaba. Ella, siempre contenta, nos contaba cómo iba el embarazo de su madre, al tiempo que armada de tijeras y papel, adornaba la clase con estrellas, grecas y pájaros de colores. Elisa nos enseñó el arte de la papiroflexia y también a hacer abalorios y pulseras con sus manos. No le costaba nada, le salía sin esfuerzo. Como sin esfuerzo le salía ser la mejor compañera. Su alegría lo contagiaba todo.
No queremos despedirnos porque sigues sonriente con nosotros y porque queremos seguir soñando cuentos contigo, aventuras fabulosas en barcos de piratas, romances de princesas y genios enamorados, de brujas malvadas y hadas bienhechoras, de lámparas maravillosas y alfombras voladoras… Relatos y poemas fantásticos que nunca se acaben y, que si lo hacen, siempre, siempre, tengan un final feliz.
D.E.P.
lunes, 26 de enero de 2015
Otoño en cajas
Cuando el otoño anticipa el invierno, los habitantes de Kamundus lustran sus cajas de cristal, se
meten en ellas y las cierran herméticamente
para que no pueda entrar ningún resquicio de frío. Cantan y cantan entre sus
mejores galas hasta que se convierten en crisálidas. Caen las hojas al arrullo
del viento de sus canciones, sueñan en tiempos más cálidos. A la llegada de la
primavera, la vida regresa a la naturaleza, se desatan las cajas y de su
interior surgen las más bellas mariposas que se lanzan, raudas, a surcar el
cielo de colores.
Un mar de deseos
Las noches en que llegaba tan y
tan cansada a casa, se desnudaba, se ponía su traje de sirena y se sumergía en
un profundo sueño. Descansaba sobre un mullido lecho de algas y corales, rodeada
de estrellas, arenas y palabras. El murmullo y vaivén de las olas la adormecían como una nana. El hombre tranquilo vigilaba sus sueños, mientras que el hombre risueño,
paciente aguardaba. Un círculo de aves celosamente la rodeaba.
El sembrador de estrellas
Las noches en que la luna no lucía su blanco traje
brillante, el señor del firmamento enviaba a su emisario más joven para que
sembrase de estrellas la oscuridad haciendo piruetas, como si de un número de
circo se tratase. Bailando y saltando entre los estupefactos –pues así se
llamaban los habitantes de aquel planeta– iban cayendo las estrellas más
grandes. Rebosaban de su cabeza como pensamientos artísticos y originales. Las más
pequeñas salían de la punta de la nariz, de los dedos y de los zapatos. Eran
las más cariñosas y enseguida se enredaban en otros pies, manos, narices y animales. Los
niños las colgaban en el cielo de sus casas, ya que a ellas no les importaba. O
las pegaban en las olas de los océanos para que el manto marino también bailase.
Un mundo nocturno de fantasía e ilusión flotaba de nuevo sobre los sueños de sus habitantes
Un mundo nocturno de fantasía e ilusión flotaba de nuevo sobre los sueños de sus habitantes
martes, 9 de diciembre de 2014
La domadora de pájaros
Christian Schloe
Beatrice no creía que tuviera que ver con su manera de ir vestida ni con el hecho de ser joven o de que les encantase su hierática figura y pudieran confundirla con una estatua. Nada de eso. Le había pasado tantas veces que no podía ser casual. Quizá se tratara del lugar que elegía, el punto de fuga o la sección áurea. Era un misterio.
Todos los pájaros del jardín acudían cuando ella salía a jugar con su aro. No les importaba que lo girase alrededor de su cintura o que le resbalara hasta los pies en un torbellino imparable, ya que permanecían impasibles y maravillados con sus movimientos hasta que ella se cansaba y dejaba de jugar. Los volantes de su falda recuperaban su forma inicial tras el desenfreno y alboroto. Entonces el aire enmudecía, cesaban los trinos, regresaban a sus ramas y se acababa la magia.
domingo, 16 de noviembre de 2014
JUNTOS
PEQUEÑOS DETALLES
Era
nuestra primera cita en un restaurante de moda.
Los contactos vía internet resultan muy impersonales. He de reconocer
que toda ella me atraía. Pedimos los entrantes mientras degustábamos un aperitivo.
Quería que saliera bien, pero estaba demasiado nervioso. La veía desnuda acariciando
su copa fría. Mi mente iba muy rápida. La conversación era intranscendente. Desmenuzaba
mi roti y ella sorbía su vichyssoisse con
devoción. La imaginaba en otro contexto devorándome entero.
Y
entonces sucedió, el picor de mi nariz se convirtió en un estruendoso estornudo
propulsor de la ensalada que acompañaba
mi plato. La despedida fue en verde.
lunes, 10 de noviembre de 2014
Corazones mayas
Ajenas
a la realidad indígena guatemalteca, llegamos un verano al país, ya hace muchos
años, como cooperantes en educación, con nuestras maletas rebosantes de ideas, materiales e ilusiones y entusiasmadas con el proyecto. Como buenas
y concienciadas maestras, suponíamos que íbamos a dejar lo mejor de nosotras
mismas en esas tierras. No sabíamos la huella que marcaría dicha experiencia en
nuestras vidas, ni siquiera que nuestras mochilas saldrían del país más
cargadas que a la llegada.
La
organización de Ensenyants solidaris con quienes colaborábamos nos trazó nuestro
plan de trabajo a lo largo de diferentes escuelas de comunidades rurales
situadas en distintos departamentos del país. Visitaríamos los centros para
realizar in situ capacitaciones profesionales –cursos de reciclaje– a los maestros de la zona, viviríamos en sus
casas y les acompañaríamos en su quehacer cotidiano.
Deseosas
de pasar a la acción y de verlo todo con nuestros propios ojos, iniciamos la
aventura por el país a bordo de gua-guas que deberían haber pasado a mejor vida
y que iban repletas hasta los topes por carreteras que no merecían tal nombre.
En
esas camionetas destartaladas comprendimos la discriminación racial que
soportaban los indígenas cuando el conductor mandó levantarse a una anciana ataviada con el traje típico: el huipil y el corte que representa a su etnia,
para que nos sentáramos nosotras. No sólo no lo consentimos sino que se
convirtió en blanco de nuestras críticas mientras duró el trayecto y así, sin darnos cuenta, empezó nuestro aprendizaje de otra
realidad inconcebible para nuestras civilizadas mentes europeas: veintiuna
lenguas indígenas y otros tantos grupos mayas, diferenciados no solo por su
habla sino por su ubicación, costumbres y vestimenta.
El
paisaje pasaba rápido por las ventanillas al tiempo que nuestras retinas
intentaban atrapar tanta belleza y tonos verdes salpicados de coloristas
indumentarias. El país nos atrapó desde el primer momento que salimos a
descubrirlo: volcanes, lagos, montañas, selvas y milpas, pero sobre todo por sus
personas, tan sencillas y dignas.
Conocimos
la organización de viudas guatemaltecas (CONAVIGUA), luchadoras infatigables
por los derechos de los indígenas y convivimos un tiempo con los niños del
orfanato que mantenían en El Quiché, una de las zonas más golpeadas por los
militares. Ellas siguen y prosiguen luchando por el reconocimiento de la
justicia y dignificación de las víctimas del conflicto armado.
Nuestras
ideas europeas y nuestros objetivos fueron cambiando con la diaria convivencia.
La tempestad tropical nos empujó a través de caminos sin asfalto y casas de paredes de palma. Nos hicimos al
día a día de nuestras compañeras: la familia y las clases, los frijoles y los
cursos, los mosquitos y la malaria, las carencias sanitarias y el agua no potable de los pozos. Conocíamos las
desdichas, pero no tantas ni tan juntas.
Lo
que menos nos importaba a la caída de la noche no era el hecho de no tener electricidad,
algo habitual en los poblados, ni aseos ni agua corriente, o de que las ratas
pasearan impunes por los tejados, sino la imposibilidad de poder realizar todo
lo que queríamos. Y queríamos acompañar al médico -que estaba muy lejos y solo
una vez a la semana- al pequeño de la
casa, y poder multiplicarnos porque los ancianos de la comunidad deseaban
aprender las letras y no conocían el español.
Nos sentíamos muy alejadas de los objetivos del milenio, a aquellas tierras no habían llegado; y nuestro esfuerzo y trabajo, solo eran meros parches. No podíamos apartar la idea de que nosotras volveríamos al cabo de un tiempo a nuestras cómodas vidas y ellos continuarían igual, subsistiendo a duras penas por haber nacido en una latitud diferente.
Nos sentíamos muy alejadas de los objetivos del milenio, a aquellas tierras no habían llegado; y nuestro esfuerzo y trabajo, solo eran meros parches. No podíamos apartar la idea de que nosotras volveríamos al cabo de un tiempo a nuestras cómodas vidas y ellos continuarían igual, subsistiendo a duras penas por haber nacido en una latitud diferente.
Y
desde la distancia comprendimos que Guatemala son sus niños y niñas, esos que
van descalzos a la escuela para comer caliente una vez al día, y que juegan,
ríen y aprenden; y, al acabar su jornada
escolar, los encuentras vendiendo en el
mercado, o llevando el grano de maíz de la cosecha familiar al molino y que, a
pesar de que han crecido a fuerza de necesidad, siempre te muestran sus mejores
sonrisas.
Y
Guatemala son sus maestras, que con más voluntad que medios desarrollan su
trabajo. Que te bendicen a toda hora aunque no seas creyente y comparten lo
poco que tienen contigo. Que van a la iglesia a hacer ofrendas y a rezar a sus
santos, además de creer en la diosa madre: la tierra y la naturaleza.
Aprendimos
de todos ellos, de sus necesidades y carencias, y sin darnos cuenta fuimos
dejando nuestro corazón en todos los lugares recónditos que recorrimos y en
todas las personas que nos abrieron las puertas de sus casas y nos contaron su
historia: la de los orgullosos mayas, azotados por tantos años de guerra civil,
y casi exterminados. Los que sobrevivieron se quedaron sin casas, sin pueblos,
sin derechos. Constituyen las comunidades desarraigadas. Se inició la
reconstrucción, pero aún lloran a sus muertos. No descansarán hasta haberles
dado digna sepultura.
Y
por todos ellos regresamos el siguiente verano y otro más. Habíamos dejado
nuestro cariño repartido entre los moradores de los poblados y nuestras
promesas por cumplir en los próximos viajes.
Por
eso, los seguimos llevando muy dentro, formando parte de nosotras, de nuestros
corazones, ahora también mayas.
Imágenes encadenadas
Lluvia, sueños, recuerdos. Recuerdos infantiles como los del poema de Machado. No, aquí no huele a tierra mojada, es el pavimento que forma charcos. Charcos que son océanos como decía Benedetti a propósito de la infancia y el tiempo. Nostalgia del tiempo pasado, que la lluvia aclara y hace brotar límpido y nuevo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)








