lunes, 17 de octubre de 2011

¡Que seas feliz!


Un abrazo efusivo nos ha separado. Has decidido quedarte a vivir en Ibiza. Tal vez haya sido una decisión algo forzada, pero irrevocable por tu parte.
Recuerdo los años que pasamos juntos, tú siempre tan cerca de mí, en una convivencia perfecta. Jamás, ni en un solo momento, me causaste daño alguno.
Fuiste mi compañero de viaje por diferentes continentes. A mi lado también, en los momentos difíciles, arrullándome con tu suave tintineo.
Hemos vivido múltiples experiencias y, sobre todo, una vida de adultos juntos, inseparables de día y de noche, compartiendo sueños, miedos e inquietudes.
Procedías de anteriores vidas, antiguas historias áureas de herencia materna, fundidas y hechas filigrana por las manos de un artesano orfebre.
Te echaré de menos, ya lo estoy haciendo, y dónde quiera que estés te deseo una feliz vida, compañero. 

Dedicado a mi pendiente.

De nuevo, un gran amor.


Pensabas que eras demasiado mayor para volver a ilusionarte como un colegial y, sin embargo, aquí estás, deseando que regrese pronto, y te salude, y se interese por cómo has pasado el día, y te haga mil preguntas sin esperar respuestas, pues ella te irá contando, como un torbellino, todo lo que éste le ha deparado. Y tú la mirarás embobado, sonriente y orgulloso, sintiéndote cómplice una vez más de los secretos y confidencias de las que, sin meditarlo demasido, te hace portador. Nunca hubieras imaginado que, a pesar de la diferencia de edad, podrías congeniar tanto con otra persona, que te haría reír y  soñar, ni que la vida pudiera volver a cobrar sentido cuando ya la espalda inicia una leve curva sobre sí misma, independientemente de tu voluntad, y tus cabellos comienzan a clarear.
 La mirarás orgulloso, como los más ancianos contemplan aquel árbol que sembraron hace ya mucho y que se levanta imbatible abriendo sus ramas hacia el cielo. Y ella te dirá ¡Abuelo! Y te estampará un sonoro beso, que te hará el hombre más feliz del universo.

                                                                                                                                    Malén

El bobo



A mi mujer no le gusta que le fastidie sus estrategias, así que opté por callar y seguir haciéndome el muerto.
En la caja se estaba cómodo, pero no podía mover ni un solo músculo. Me picaba la sien y el bigotillo. Empecé a sudar. Decidí pensar en otra cosa para no obsesionarme. Oía muy cerca el fingido llanto de mi esposa. El aroma de las flores me estaba produciendo un sibilino cosquilleo en la nariz.
Cobraremos el seguro de vida y la pensión de viudedad - me había dicho-. Y con eso podremos ir tirando.
Un gran estornudo acabó con la farsa.
Mi mujer terminó el día entre rejas. No me lo perdonará nunca. ¡Ahora sí quiero morirme!

domingo, 16 de octubre de 2011

Atardeceres de Junio




                                                                                                                                                                                                                  Foto de Lucas Esteban

Aromas de albaricoques, tardes de melocotón, colores de membrillo.  Puesta de sol tras la ventana y voy cociendo poco a poco la mermelada. A fuego lento, lentísimo, a la manera tradicional, se va extendiendo el aroma por toda la casa. Año tras año, toda una vida.
Escribo y doy vueltas, escribo y doy vueltas.
Con mucha delicadeza y cuidado, para que no se pegue al fondo de la cacerola. Pruebo y añado azúcar. La magia de la cocción se instala en la cocina. Como las palabras se colocan en nuestros labios. A solas y sin pedir permiso. Ambiente del atardecer de los largos días del verano que ya se anuncia. Imágenes de caravanas cruzando desiertos, dorados, como los albaricoques, como las arenas, como los últimos rayos de este sol que ya se oculta.
                                                                                                           

Momentos

Su mente se queda en blanco, deja la lectura del libro que sostiene sobre las piernas, y contempla el mar, el horizonte y la isla soñada, a la que nunca puede llegar. Siente la brisa sobre su rostro y su cuerpo cálido. Puede saborear el gusto del aire y la sal. Paladea el momento, presiente que esto y sólo esto sea la felicidad.

Instantes que se escapan y que, de alguna manera, quisiera atrapar para que pervivan en su memoria y no pasen al olvido. Para poder recordarlos, cuando le sea preciso.

De la lista de relámpagos radiantes que se han deslizado, veloces, por su vida intuye que este merecería el primer lugar.

Otro mundo



La joven de las trenzas se separó de sus compañeros y siguió sola. Le atraía aquel lugar. El mar y el jardín secreto. Le gustaba soñar y se encontraba en el escenario perfecto. Prefería escuchar los sonidos de la naturaleza que no el parloteo incesante de sus compañeros.
Se sentó en un banco y cerró los ojos. La sombra de los árboles bailaba en su rostro. Se dejó llevar. Se sintió la dueña del jardín olvidado, princesa rescatada de los piratas y justiciera, compañera de Robín. Hada y bruja. Maga de pócimas florales y elfo saltarín.  Incansable hormiga trabajadora y cigarra cantarina bajo el sol estival…
-Lucrecia, ¿qué haces ahí sola? –El profesor de botánica la regañó. ¡Vuelve con los demás!
Pero ella ya no podía regresar.

Relato seleccionado para formar parte del libro de relatos del concurso.                    http://jardinessecretos2011.blogspot.com/ 

Ondas de esperanza




La radio de mi casa era de madera oscura, grande y lustrosa. Ocupaba una pequeña mesa para ella sola. Tenía ruedas como botones en la parte baja, su centro era blandito, de tela de hilos entrecruzados por donde salían las voces y justo debajo se situaba la línea de números con luz, donde el dial se iba parando. Aquí está Radio España Independiente, allá en aquéllos alejados,  Radio París.
Una caja rectangular que era la reina de la estancia. A su alrededor cada noche se sentaban los mayores de mi casa. Para todos, la histórica protagonista de un mundo lleno de magia y esperanza.

Confesiones




Sentado en la escalera escuchaba tu voz a hurtadillas, sin que te dieras cuenta. Le leías cada noche un fragmento de  novela  al abuelo.
Tu voz melodiosa rompía el silencio.
Yo apenas entendía nada de lo que decías y me retiraba pronto a dormir, arrullado por  vuestra presencia.

Un diluvio pasado por letras



Cuarenta días con sus noches duró la tormenta, el diluvio universal, como lo llamaría posteriormente la historia sagrada.

Noé, aburrido de tanta lluvia, sacó las tablas. Quería distraerse.

-Menuda transgresión a las leyes naturales -exclamó dejándolas de lado.

Y se dispuso a leer una novela.




Tormenta

Mi amor por la lectura se ha convertido en una auténtica obsesión -según mi madre-. “Completamente enajenado” dice que estoy.
Anoche me encontró en el jardín, luchando contra la tormenta, al grito de “Con diez cañones…”
Me transformo, me desubico y me siento protagonista de los libros que vivo. 

Tarros de luz



En aquella extraña tienda se prestaba cualquier producto que uno necesitara con urgencia. Esperaban expuestos en las estanterías: botes de risas, de abrazos, tarros de luz, de mimos...
Aquel día Amanda ansiaba la luz solar. No soportaba tener que vivir en un lugar tan frío y  triste. La mortecina claridad  la convertía en un ser anodino. Necesitaba la energía de los rayos del sol. Quería pasear y vibrar con los brillantes colores del verano, que no podía disfrutar. Sentía nostalgia de su tierra, allá en el lejano sur.
También se llevó la luz de la luna llena para colgarla de su ventana, por si le apetecía bailar descalza, y la brisa del mar, para que le acompañara.