Gijón. Marzo 2021
miércoles, 31 de marzo de 2021
Asturies 1. Nietas. Confinamiento perimetral.
domingo, 21 de febrero de 2021
Distopías y transformaciones
![]() |
Sin apenas darnos cuenta nuestro pequeño mundo se va cerrando sobre nosotros y vivimos prisioneros cada uno en su burbuja. No salimos ni quedamos con los amigos, no charlamos ni nos acercamos a nadie. No nos tocamos. Las palabras se nos olvidan por no usarlas. Las cifras de muertos se siguen disparando en oleadas. Nos olvidamos de viajar y nos imaginamos las sonrisas porque no conseguimos verlas. Estamos vivos, tenemos suerte.
Ya pronto se cumplirá un año desde que empezó esta pesadilla que ha cambiado nuestra manera de ver el mundo y nuestra vida y seguimos sin acostumbrarnos. Cuando no esperamos nada, nos quedan los sueños, la ficción para combatir el miedo y la triste realidad. Los deseos de volver, la nostalgia por regresar a la vida como era antes siguen manteniendo nuestra ilusión. Tendremos que aprender a abrazar, dar besos y acariciar. Necesitaremos saber manifestar nuestros sentimientos y emociones. Hemos olvidado, durante este tiempo de distopías, cómo hacerlo.
miércoles, 17 de febrero de 2021
Para Eva, mi hermana, de corazón.
El viento de la vida
sigue soplando. Ahora con más fuerza que nunca.
Mándanos
abrazos de arena y mar, de volcanes y desiertos, de laurisilvas con aromas a
bosques mágicos, encantados y antiguos.
Océanos
infinitos y alisios fuertes, siempre
constantes, te acompañarán en tu viaje. Navega como Ulises contra viento y
marea. Canta. Sueña. Medita. No te apresures.
Visita
la Anaga, donde habla la Madre Tierra y escucha el susurro de las hojas de la
sabina bañadas por el viento y el mar. Atiende a sus leyendas. Reposa bajo el
árbol milenario: el Drago, que te ofrecerá su protección mientras dure el
camino.
Respirarás
paz y regresarás cambiada.
Buen
viaje, aventurera, inicias la ruta más importante de la vida: los sesenta. Que
sea una travesía larga, llena de alegría, de fuerza y de ternura.
Las
que te queremos, ya sabes, te acompañaremos siempre.
https://lacosmopolilla.com/anaga-el-bosque-de-laurisilva-de-tenerife/
https://www.webtenerife.com/que-visitar/otros-espacios-naturales/
domingo, 7 de febrero de 2021
Tus abuelos: mandarinas y caramelos
Tienes una carita redonda, de luna bien llena. Tu abuela se asoma y reconoce en ti a sus hijos cuando eran pequeños, y a sus nietos, también bebés. Se estremece feliz hasta la médula. Eres la continuidad familiar, el eslabón más pequeño. Solo te mira y se le ilumina la cara. Te cuenta historias y te canta todo el rato y no se le despinta jamás la sonrisa. Tú te ríes siempre con ella. Es camaleónica, unas veces parece un gato, de tremendos ojos, otras un cocodrilo o un forzudo orangután. No conoces aún tantos animales, pero te encantan los movimientos que hace con su cuerpo y sus voces diferentes y sorpresivas. Es una saltimbanqui. Te gusta mucho que el abuelo aplauda la actuación. Los miras a ambos y te lo pasas tan bien que no puedes parar de carcajearte. Te encanta estar con ellos. Los brazos de tu abuelo, a la hora de acunarte, son tan cómodos y blanditos como una mecedora. Te agarra y se te cierran los ojos enseguida que se inicia el suave balanceo. No puedes mantenerlos abiertos y los apagas como si fueran dos estrellas a la luz del día. Ya sabes que es un hipnotizador y un mago, estás convencida de ello. Te inunda su olor a montaña, a árboles, a campo. Te invita a soñar. Y tú, sin darte cuenta, eres tan dulce que hueles a almendras garrapiñadas y mantecadas. Te comerían a besos. Sueñas y cantas tonadillas infantiles y el mundo es mejor, lleno de flores, colores, arco iris, nubes de algodón y pájaros. Y la ilusión de tus abuelos, su alegría y el aroma a azúcar caramelizado se extienden por toda la casa mientras tú descansas.
Para
la pequeña Carmen
miércoles, 3 de febrero de 2021
Florecilla silvestre
–Pero... ¿sales así? ¿No te cambias? –le preguntaba yo atónita.
–¿Es que no te gusto, Mari?
–¡Cómo
no me vas a gustar, anda, qué cosas tienes! –le contestaba, agarrándola del
brazo como buenas amigas. Eres muy moderna y extravagante. ¡Vas divina!
Yo
alucinaba colorines con ella. Tal vez se reflejaban en mí todos los que ella
llevaba encima. Me alegrabas la vida.
Te
echo de menos, amiga.
martes, 19 de enero de 2021
Paisajes
Me asomo a la ventana.
Estoy triste, desanimada,
y miro por ella.
Sin darme cuenta,
empieza la magia.
La cocina se llena
de aromas de naranja y limón.
Oigo el rumor del agua
que salta por las piedras del cauce:
son los torrentes.
Escucho el trino de los pájaros
que, de árbol en árbol,
entra por ella.
Mis ojos tropiezan
y se quedan secuestrados
en lo alto de la montaña.
Como un gran águila vuelan
y sobrevuelan esas historias funestas,
cotidianas, de constantes desvelos.
Me embeleso.
Fantaseo y sueño.
La naturaleza me abraza.
Ya he olvidado la comida
que tengo en el fuego.
Y respiro feliz de saberme
tan cándida y despistada.
¡Qué gran suerte tengo
con esta ventana!
miércoles, 9 de diciembre de 2020
Abismos de luz
Sé que vienes cada noche a visitarme. Pienso en ti y tú enseguida acudes y nos ponemos a charlar. Me dijiste que querías irte en tu casa, tranquilita en tu cama, con los tuyos, y así ha sido. Comparto contigo los paisajes de esta isla que tanto te gustan. Estoy mirando el mar y lo miro por ambas porque sé que tú lo disfrutarías. Y poca cosa más, sé que vives en mí, estoy convencida.
No
sé a mí cómo me gustaría. Vivimos siempre de espaldas a la muerte como si no
fuera con nosotros. Es un tabú hablar de ella. Mi amiga Montse me dijo el otro
día que ella se irá a la tierra, que lo de la incineración no le mola: al
cementerio como toda la vida, que tiene una cesión o concesión municipal
gratuita. A saber de qué habla.
Yo
no lo he pensado. Creo que a mí me gustaría volver a la tierra junto a un
árbol, en forma de cenizas, claro está, y dar la vida, servir de nutriente a
otros seres vivos. Y que mis nietas dijeran: “la yaya está en el huerto, debajo
del algarrobo o del naranjo o de la higuera alimentando sus raíces y su savia.
Le encantaba cocinar y ahí lo sigue haciendo”. Alquimia. Regresar a la
naturaleza y formar parte de ella. Integrarse.
“Pero
yo ya no soy yo, no tengo huerto, ni mi casa es ya mi casa…”
Las
cenizas de mi querido primo Carlos reposan en las cercanías de Benimantell, bajo un gran pino. Allí pasamos una infancia de veraneos muy felices todos los
primos juntos, asilvestrados totalmente entre bancales, fuentes y pinares. Creo
que a mí me gustaría también descansar en la Aitana, mirando el Xortà, para
recordar las historias que nos contaba mi padre de cuando era joven. Otro
peliculero.
Mi
amiga María Antonia paga desde hace tiempo un seguro que cubrirá los gastos de
su muerte, así no será un lastre para su hijo. ¡Ay, estas madres tan previsoras,
que los cuidan y se preocupan por ellos hasta más allá de la vida!
La
muerte sigue siendo invisible en nuestra vida cotidiana, por eso debemos acabar
con el tabú y hablar de ella. No hay que olvidar que la vida cansa y, llegado ese
momento, la muerte aparece como única solución, nos ofrece ese deseado descanso.
Loren
quiere que echen al mar sus cenizas, pero sin ceremonias ni barcas, él cerquita,
en la orilla del Mónaco, en el Puerto de Sóller, donde hemos pasado la infancia
de nuestros hijos y los veranos con amigos, de días y tardes inacabables.
Mañanas de pesca y buceo con Michel, a veces, y con Antonio, siempre. No quiere
algaradas ni pésames ni funerales, una cervecita en su memoria, o en su
defecto, una copa de cava. Nada más.
–Loren,
el Mediterráneo está muy contaminado, y tú todavía lo vas a empeorar –le digo
yo.
–Chorradas,
los peces acabarán rápido conmigo. Total, sólo seré un puñadito de ceniza.
Entre tanta muerte dramática y sin sentido en nuestro mar, un poco de polvo de
más no creo que le importe al ecosistema.
Yo
no sueño con el último aliento, que espero, como todo el mundo, que sea
indoloro e inodoro, lo de los colorines ya no me importa tanto –pero casi es
preferible que los haya por la animación y la vida que comportan–, sino que
fabulo con que una vez fallecidos, consigamos lo que no pudimos conseguir en
vida. No sé si me explico, mi historia empezaría tras la muerte. Da igual que
nuestros cuerpos reposen en el cementerio o en un columbario. Nuestros
espíritus pajarearán invisibles entre los seres queridos, pero también se
moverán con total autonomía, a su aire:
–Maria
José, ¿dónde andas?, –aunque es un forma de saludo. No caminamos como podéis
deducir.
–Estoy
en Panes, me he venido a Asturias, al prado, demasiado calor en el Mediterráneo.
Mis hijos continúan con la pesca y yo aquí estoy con ellos. –Nos reímos ambas
de las ocurrencias, ni frío ni calor, ya ves, estamos más que muertas, lo
siguiente, como decían nuestros hijos–. Pronto me iré con ellos a Bali, el
viaje que no pude hacer en vida. ¿Recuerdas el miedo a volar que yo tenía? Qué
susto el avión, Mari, no te creas, aunque esté muerta, me sigue imponiendo
mucho respeto. Serán los recuerdos. Pero…, aunque ahora ya, ¡qué más da!
–Claro
que me acuerdo, te ponías mala, malísima y te tenías que drogar. Por eso no
venías a Mallorca. Pues no subas al avión, tonta, ve con el pensamiento, teletranspórtate,
que es menos cansado.
–Es
que me sabe mal dejarlos solos en esos aparatos tan tremendos. Ya sabes…, al
final es una piedra con un motor.
–Tú
misma, luego no te quejes de las alturas, de los mareos y del canguelo. ¡Jajajaja!
–me río yo misma de mis tonterías, pues de todos es sabido que al no tener
sentidos no podemos tener esas percepciones ni sensaciones.
–¿Y tú, Malén?
--¡Uff, por fin he conseguido un apartamento en el mar! En la playa
Muchavista. Estoy encantada, de okupa de lujo, veo cada mañana la salida del
sol. Y no molesto para nada a los dueños, que apenas viven en la casa. Son
ricos, ya te puedes imaginar, y tienen más residencias. Aunque también me
muevo, no creas, pronto iremos mi hermana y yo a Ibiza. Y Lucrecia me espera para
que vaya a conocer su cohousing en el Puig. Como ves, un sin parar.
–Oye,
y ¿para cuándo la visita a los amigos de El Real de San Vicente? Recuerda las
castañas y los increíbles colores rojizos del otoño. ¡No nos lo podemos perder!
–Pues
cuando regreses de Indonesia, querida, vamos juntas, ya sabes que nos están
esperando. Y se apunta Salud, que ahora anda por Elda, es un decir, claro, de
andar nada, monada. También podemos aparecernos como fantasmas para Todos los
Santos.
–Eso,
nos disfrazamos con sábanas blancas. Eres tremenda, Malén.
La
comunicación entre nosotras es inmediata, instantánea, sin palabras,
telepática. Somos partículas risueñas, omnipresentes, clarividentes y ubicuas.
Leemos y comprendemos –sin necesidad de fijar la vista– en un santiamén todos
los libros y estamos siempre conectadas. Presente, pasado y futuro son
conceptos fundidos.
Y
el mundo de los entes es muy extenso y a gusto de todos. En él observaríamos diferentes
categorías:
–Los
no paste, desapegados, que están en
todas partes y en ninguna. Vuelan, brillan, se esparcen y se divierten mucho.
–Los
paste, pegados, más aferrados a la
vida que ya no viven y que siguen con las mismas ideas y costumbres que tenían
antes de su muerte. Sienten nostalgia y hay que dejarles fluir para que se
acomoden a su nuevo modo de ser o no ser y a su destino.
Y
entre ambos un montón de subclases, pero eso ya lo explicaré con más detalle en
otra ocasión.
¿Que
cómo nos comunicamos con los seres vivos? No, eso no es posible. ¡Menuda pregunta
más tonta! Eso sería una interferencia de planos y realidades. Imposible. La criptografía
cuántica no lo permite.
Nosotros,
por si no lo tenéis claro, como entes translúcidos, inmateriales e
intelectualmente bien lúcidos, vivimos –es un decir– en el interior del corazón
de nuestros seres queridos, pero no siempre, por favor, ¡menudo aburrimiento!,
solo a ratos, cuando nos piensan y nos echan de menos.
Con
ellos y gracias a ellos seguimos percibiendo lo que sienten. Menudo oxímoron me
ha salido, por cierto.
No
os preocupéis lo entenderéis todo perfectamente cuando lleguéis aquí. Este es
un mundo fascinante.
En
las noches despejadas, cuando el cielo parece que está más cerca, tanto que se
pueden tocar las estrellas, ahí estamos nosotros, los entes mágicos, las
pequeñas partículas iridiscentes, soñadoras, volátiles y risueñas; abismos de
luz velando por el bien de todos vosotros: nuestros seres queridos.
Seguimos
siendo polvo de estrellas.
Dedicado a mi amiga Ma José Baña, siempre conmigo.
jueves, 19 de noviembre de 2020
Mundo de sueños
El mundo de los sueños, 1876. Laura Epps
La luz que entra por la ventana de la sala se refleja blanquísima sobre el mandil y la cofia que lleva la niñera de la casa, pero ella no se despierta, está terriblemente cansada tras su jornada laboral.
Asear a las niñas, cepillarles el pelo, preparar la ropa, vestirlas y darles el desayuno. Atender a sus berrinches para que no molesten a sus padres mientras están en su estudio, recoger los juegos y sus ropas, acompañarlas en todo momento y cuidar también de la casa es estar todo el día ajetreada, sin parar ni un minuto. Lady Laura la quiere siempre bien dispuesta y arreglada, le regala trajes y adornos para que parezca una más de la familia. A los señores les gusta guardar las formas. Así que, en un momento de tranquilidad, cuando toda la familia al completo ha marchado a la calle de paseo y ella se ve liberada por un rato de sus fatigas, se sienta para leer un texto de la gran Biblia familiar ilustrada, porque ella es una persona de letras y, al poco, cae vencida por el sueño tras unos párpados pesados que no pueden competir con la fuerza de la gravedad. Su cuerpo, pleno de laxitud, se recuesta sobre el gran libro y el mundo de los sueños la abraza.
Sueña que está en una de las veladas artísticas e intelectuales que organiza su señora, pero no como niñera, sino como invitada. Es una bella dama que interpreta al piano una divertida cancioncilla popular reivindicativa. Y tal y como dice la letra de la tonada, ella no quiere ser esposa de nadie ni perder su apellido por el de su marido. Le gusta su nombre y está con él muy satisfecha: Iris Stansfield. Quiere ser concertista, ir al Conservatorio y estudiar Musicología en la universidad de Londres, que ha sido la primera del Reino Unido en admitir a mujeres, lejos del ambiente clasista y elitista de Oxford y Cambridge. Iris es sufragista, lo necesita tanto como el aire que respira. Aboga por la igualdad de las mujeres y los hombres. Quiere que, de una vez por todas, se reconozca la voz de ellas tanto como la de ellos. En un orden dominado por los hombres, el sufragio femenino es un derecho humano universal…Y mientras está en el mitin, soñando en un mundo más equitativo y mejor, oye a lo lejos unas voces infantiles que, conforme se aproximan, la van devolviendo a su triste realidad. Se despereza, se mira en el espejo y se recompone el cabello antes de que aparezcan. No importa cuándo, se anima esbozando una sonrisa, sabe que lo conseguirán.
Colores
El
día era gris y opaco, las nubes del cielo de Detroit se aferraban a los tejados del
paisaje industrial como una niebla cenicienta y espesa que impedía ver el
cielo.
Así
se sentía ella, asfixiada en un maldito cuerpo que le negaba lo que más ansiaba
en la vida: tener un bebé fruto del amor y volar juntos a pintar de colores las
nubes, el cielo, las flores y los pájaros.
Tomó
una secreta decisión a la salida de la larga convalecencia hospitalaria tras el
aborto y sus secuelas. Dejaría atrás la oscuridad, la sangre y las lágrimas. Toda una trayectoria
de tragedia y enfermedad, de amor no correspondido de la manera que ella necesitaba. Ya bastaba de desgracia e infelicidad. Eliminaría su pasado y empezaría de nuevo. Lo importante era pensar en sí misma y en nadie más. Sabía que sería difícil
llevar a cabo su resolución, porque Diego era un volcán imparable que recorría
todas las venas de su cuerpo independientemente de su voluntad, pero ya no podía soportarlo más. Ese fuego infiel
la estaba destruyendo. En algún sitio había leído que algunas pasiones se
podían sustituir por otras, especialmente si eran nocivas.
Supo
hacerlo. Con la ayuda de unas buenas amigas se esfumó y desapareció en la noche,
tras un largo viaje, hasta una pequeña aldea mexicana. Jamás se le ocurriría
buscarla en un lugar tan alejado y
remoto del círculo que frecuentaba.
La
casa a donde se trasladó tenía un patio central con un pozo y un duraznero. Marcela
era la dueña encargada de cuidarla. Los verdes y amarillos la rodeaban y podía
respirar de nuevo.
Allí
se despojó de todo lo que le recordaba su pasado, empezando por su vestimenta y
se mimetizó con el entorno. Su corazón había quedado hecho pedazos en aquel gris
hospital y ya no lo quería. Necesitaba otro.
Primero
fueron las lecturas y el reposo, bajo la atenta mirada de Marcela; después,
algunas tareas culinarias entre las cacerolas de la cocina y, poco a poco, su
cuerpo fue recuperando la vitalidad indispensable para salir de paseo y caminar
entre los lugareños como una paisana más.
Estaba
empezando a interesarse de nuevo por las pequeñas cosas: el vasito de mezcal,
la emoción de la ranchera, un pasaje de
la mitología azteca o el simbolismo ancestral de catrinas y calacas. Y, por
encima de todo, la importancia de quererse a sí misma. Dejó de verse siempre como
una víctima y tomó las riendas de su nueva vida. No más rojo pasión ni sangre.
La esperanza sería ahora de cualquier otro color.
Influida
por el estudio de sus antepasados y las ideas de vindicación nacionalista,
empezó a vestirse con largas faldas mexicanas, moños trenzados con cintas multicolores
y abalorios precolombinos. Era su forma de rebelarse contra el destino. Sus
fieles amigas le daban el apoyo que ella necesitaba para continuar siempre adelante. Volvió a coger los pinceles y, por fin, llenó sus obras
de colores luminosos y brillantes.
De
nuevo regresaron la luz, la vida y la magia.
lunes, 12 de octubre de 2020
Cosas que no te he dicho
No me creo que ya no estés, amiga. Sigo hablando contigo y te miro
en las fotos y no me hago a la idea de no verte más. No me has dado
tiempo. Estoy tristísima y desconsolada. Espero que allá donde estés
sepas que te echo muchísimo de menos.
Me pongo tu túnica de color calabaza, la que me regalaste por mi
cumpleaños y nos vamos, Mari, a ver la exposición. Te encantará.
En Deià, como en los viejos tiempos.
Volvemos
a ser jóvenes en tu seiscientos por la carretera estrecha y llena de curvas. Qué
mal conducías, por cierto, de joven y de mayor, hay cosas que al parecer no se
aprenden nunca. Sin embargo tenías una especial habilidad para las
manualidades. Tu despacho era una merecería con infinidad de cajoncitos,
estantes y colgadores repletos de hilos, agujas, retales, lanas y objetos
insospechados a los que yo no sabría darles ninguna utilidad. Y con la
escritura, la fotografía y la informática, igual; se te dieron bien enseguida.
Así que tal vez las habilidades y destrezas no se escojan, sino que ellas lo
hacen con nosotros.
Siempre
compartíamos películas, sueños y lecturas, eran nuestras otras vidas y también, los bailes en el Sant
Germain, la disco vecina donde nos dejaban pasar porque no había nadie y así
animábamos el ambiente. Tan jóvenes.
Ahora
no podías leer ni caminar y, a temporadas, tampoco podías hablar.
Pero
antes de todo esto habíamos compartido muchas cosas. Recuerdo aquel viaje a
París que hice en solitario desde Mallorca, tu hijo Pablo era todavía un bebé. Allí
vivíais entonces. Y los veranos que veníais todos aquí y los días se alargaban en
la playa y Michel, atareado con todos los niños, les enseñaba a pescar en el
muelle. Niños, meriendas y amigos.
Ocupamos
nuestra vida con la vocación de enseñar e intentar que la escuela y nuestras
clases fueran de otra manera, mejores. Nos hicimos blogueras y eligieron tu proyecto escolar para un premio Espiral en Cataluña. Y nuestros chicos se
hicieron hombres. Y seguíamos compartiendo risas, amistad y viajes. Te
encantaba caminar y salir de excursión, ahora no podías. Eras una gran teatrera
y aunque estuvieras jubilada, seguías disfrazándote para contarles cuentos a
los peques el día del libro. Tu cole, además, tenía nombre de cuento:
Arbre blanc. Un nombre vapososo del color de tus cabellos. Siempre celebrabas
la vida, siempre.
Querías
irte sin sufrir, tranquilamente, sin que te alargaran la vida de manera
artificial, en casa, con los tuyos. Y así ha sido.
Nos
dejas solos con nuestras emociones.
Siempre estarás ahí y siempre seguiré soñándote, juntas.









