lunes, 18 de marzo de 2019

En el centro del corazón


         Me gusta encontrarte en todos los rincones de tu casa aunque tú no estés. Y ahí estás, en tu taller de manualidades.
                   



Siento que respiras entre los abalorios que decoran tu habitación y en los colores de las cuentas de tus collares, pulseras y fulares. Escucho tu música cuando los balanceo.
Me gusta la luz en tus plantas.


Y te encuentro en tantas palabras ordenadas y  recogidas en tus libros...


        Me gusta tu ética y tu estética. Tus dibujos y tus objetos. 
                La artista pinta en el lienzo de las paredes. 
                               Ninguna se quedará blanca.













Me gusta descubrir a Chagall en sitios insospechados y que una niña amable me anticipe la puerta del baño. 


Los recuerdos vuelan por las paredes junto a mariposas y peces azules.

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Caracolas y sueños de mar adornan los rincones.

Las maletas, cansadas, reposan llenas de imágenes con las que no es necesario moverse para viajar a océanos y continentes lejanos.
Los sombreros sonríen colgados de la percha junto a fotografías de niños pequeños que juegan sin saber que los tapices cálidos han sido situados de manera estratégica por su dueña, para suavizar caídas y golpes irremediables.
Los pequeños ya se han hecho hombres.
Se casan, tienen hijos.
Es la vida y el tiempo que pasa.


Nubes de colores y flores se enredan trepando por donde se juntan las esquinas altas.


Y todo es un juego. Un juego de amigas que comparten, ríen y charlan.
Me encanta tu casa.

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lunes, 11 de marzo de 2019

Cimarrones


La casa de Liliana Zerquera parecía esconder muchas vidas entre sus viejas paredes. La elegí cuando buscaba habitaciones por internet en Trinidad, precioso enclave colonial de Cuba. Me gustó su nombre, sonaba muy musical y era, además, el de su actual propietaria.
Nada más atravesar el gran portón de entrada que daba a la calle adoquinada por donde llegamos arrastrando nuestros pies y maletas, nos sentimos trasladados a otra época, muy lejana en la historia.
Nos recibió la dueña, Liliana, en una gran sala a la que daban las habitaciones de la familia. El tiempo se había detenido entre aquellos suelos, muebles y cortinajes. Desde allí y a través de una gran puerta con vitrales se accedía al amplio salón comedor, abierto totalmente al patio. En este último, mirando al pozo, se encontraban nuestras dos habitaciones.
Enseguida me sentí muy a gusto, parecía que la casa nos estuviera esperando. Dejé mis bártulos y me senté en una de las mecedoras como si fuera mi propio domicilio.
Liliana, una señora de unos cincuenta años de aspecto muy agradable, blanca, distinguida, con el pelo encanecido anticipadamente, y unos ojos brillantes y curiosos empezó a contarme su vida como si fuera un reencuentro de viejas amigas.
No me extrañó, puesto que me sentí fascinada desde el primer momento por aquel ambiente. Su marido, un apuesto joven, se ocupaba del bar y la cocina.
La madre, una anciana con Alzhéimer, paseaba incansable de un lado a otro como un vestigio más en la fantasmagórica visión del pasado que se cobijaba bajo esos altos techos.
“Ríete tú del realismo mágico o de Isabel Allende y su Casa de los espíritus”, –recuerdo que pensé mientras la observaba–, pues era todo un personaje novelesco.
Yo me mecía en el balancín de madera mientras Liliana me acompañaba, sentada también en otro y me iba contando:
“La casa fue construida en 1808 y también se la conoce como La Casa del Historiador, mantiene intacta su arquitectura de la época, sus vitrales, muebles, piso original, patio central, pozo…”
De todo ello ya me había dado cuenta yo nada más entrar. Sin necesidad de explicaciones. Ella seguía a lo suyo y mis ojos no sabían dónde descansar.  Lo miraba absolutamente todo y estaba hechizada.   
“Aquí vivieron mis abuelos y mis padres, mírala, la pobrecita, como está, cada vez peor –se lamentaba al tiempo que señalaba a la viejecita con demencia, que era su madre–. Mi padre, Carlos Joaquín Zerquera, el historiador oficial, licenciado y genealogista colaboró en la investigación y organización del Archivo de Historia de la villa, buscando documentos originales en el Archivo de Indias de Sevilla y trabajando en la restauración y creación de los museos en Trinidad. También, en la restauración y conservación de la ciudad en general, labor esencial para que la misma alcanzara la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad…”
Mis ojos se cerraron cuando escuché la palabra Constantinopla, como en la película de Woody Allen, La maldición del escorpión de jade, donde  hipnotizan a la protagonista al oír una palabra.
Sé perfectamente que es de muy mala educación dormirse cuando le hablan a una, pero el cansancio del viaje, el suave balanceo de la mecedora y el tono monocorde con el que desgranaba una historia tan antigua, –pues se había remontado a la genealogía de su familia en el Bizancio del siglo VI–, hicieron mella en mí y me quedé profundamente dormida.
Mis compañeros de viaje descansaban en sus respectivas habitaciones, que era lo que yo tendría que haber hecho si mi curiosidad y mi gusto por las historias no me hubieran llevado de cháchara con la dueña.
Ella, la oía lejana en sueños, seguía con la Rusia zarista y el exilio en Francia. “¡Pobre nobleza desnortada, gracias a que hablaba francés y pudo asentarse allí, huyendo de la revolución!” –pensaba yo en sueños.
Porque mi sueño sucedía en un ingenio del valle próximo a Trinidad, donde la clase privilegiada poseía las plantaciones de azúcar cultivadas por los esclavos. Esclavos negros africanos de los que conocemos sus terribles condiciones de vida por la literatura y el  cine. Eran los cimarrones que, en su huida, se habían escondido en la cocina y en el patio de la casa de Liliana Zerquera.   
–¡Sois libres! –les arengaba yo, que me aparecía bien mulata,  con el pelo ensortijado más negro todavía, recogido tras una amplia cinta, mientras les servía la comida en la mesa contoneando las caderas–. La esclavitud en las colonias fue abolida por el Congreso en 1880. ¡No debéis preocuparos! ¡No tengáis miedo!
Mi voz sonaba tan pasional como la de Aretha Franklin. Poderosa, espléndida y cautivadora. Me entraron ganas de entonar un himno libertario. O de iniciar una ceremonia ritual dando vueltas bajo una ceiba, cosa imposible, pues no la había en la casa de Liliana Zerquera.
Ellos, estupefactos,  me miraban sin comprender bien lo que les decía, como si estuviera chiflada. ¿Tal vez aún no se había decretado la abolición de la esclavitud? Estaba confusa. ¿En qué año me encontraba?
Me sacó del aturdimiento la tosecilla de mi anfitriona, mientras yo, sin querer, me despertaba de una violenta cabezada.
Los retratos de los antepasados de Liliana colgaban de las paredes y me miraban con muy poca simpatía.
          –Querida, creo que le sentaría bien una limonada. Parece usted muy agitada.
Me contemplé de refilón en el espejo de un mueble antiguo, pero ya se había evaporado la magia. Mi imagen no era la misma que recordaba del sueño. ¡Me cachis, mira que estaba guapa tan morenaza y con el ritmo recorriendo todas mis venas!–pensé con nostalgia de mi otro físico.

           –¡Ya lo creo! –le contesté–. Muchas gracias, Liliana, mejor un cafecito con unas gotas de ron.
Aunque…, disculpe mi indiscreción, ¿no se mezclaron sus ascendientes? ¿No existe un mestizaje biogenético entre sus antepasados? O... ¿tal vez,  algún propietario  de  la industria azucarera?
Eso sí lo explicaría todo, –me respondí, confiada, a mí misma.










sábado, 9 de marzo de 2019

Postal de otoño

Amanecía en tus ojos y a través de ellos se filtraba la luz de la ventana que no te gusta cerrar del todo al acostarte. Tenue. Es otoño y la claridad aparece cada día un poco más tarde. Te sigues vistiendo con tus colores favoritos, los cobres y rojizos de la tierra, y una extensa gama de marrones como el de las hojas caídas de los árboles. Te miro y parece que ni el tiempo ni la edad fueran contigo. Te oigo taconear por el pasillo y me sigues deslumbrando a pesar de los años y de tu nueva vida en solitario. Siempre he admirado esa fuerza tuya, imparable y digna de los más jóvenes. Por eso te sigo queriendo y te veo siempre como la mujer que conocí hace ya tantos años.
A pesar de que no leas mis postales ni las cartas que te envío, quiero que sepas que no te guardo ningún rencor y que te sigo codiciando. Imagino que tal vez hayas roto del todo con el pasado, nuestro común pasado... Pues no descubro mi rastro en casa, ni siquiera en el despacho. Tampoco, mis libros. Mi armario ropero está vacío. Aunque no te culpo por ello, sé lo difícil que resulta empezar una nueva vida casi cuando se acaba  la que tienes.
No te gustaría saber que te observo, que te sigo, e incluso te vigilo. Seguro que te enfadarías, pero comprende que me vuelvo loco sin poder comunicarme contigo.  Ya sabes cómo soy. Anhelo y ambiciono estar junto a ti y compartir el resto de tu vida.
Sé que no me perdonaste nunca, aunque yo sí te perdono que me prepararas cada noche un vaso de leche caliente con miel para aliviar mi neumonía. Que me lo llevaras a la cama y que me obligaras a tomarlo entero hasta la última gota, a pesar del mal sabor que yo creía fruto de la medicación. Exclusiva y atenta dedicación. Me sentía satisfecho. No dejaste ningún rastro. Te admiro.
Tuyo siempre, tu difunto marido.




viernes, 1 de marzo de 2019

Trampa


Me decidí a entrar en la casa al ver las llaves abandonadas en la cerradura de la puerta. Las reiteradas llamadas al timbre habían resultado infructuosas. Introduje el manojo de llaves en mi bolsillo para evitar sorpresas desagradables y cerré detrás de mí suavemente. No soy un ladrón, aunque algo de eso sentí en mi interior al cruzar el umbral, tan sigiloso.
Siempre me había gustado el aspecto alegre y desenfadado de mi joven vecina, Sara, aunque apenas la conociera. Tan solo unas palabras al cruzarnos por la calle. 
La llamé en voz alta. Nada.
Ahora la casa me corroboraba el buen gusto de su propietaria. ¿Se dedicaba al yoga? Su atlética complexión hacía que lo imaginase así. Me gustaba. Me deslicé por el salón tan blanco, que se hallaba desierto y en perfecto orden. Flotaba en el ambiente unas notas de un perfume,  que me  trajo a la memoria los momentos en que habíamos coincidido en el ascensor. Sobre la mesa de la cocina hallé un plato con restos de lo que había sido una ensalada.
Volví a llamarla. Sin respuesta.
Aquella otra puerta al final del pasillo era la de su dormitorio. Estaba entornada. La empujé un poco, despacio, como temiendo inmiscuirme más todavía en su privacidad, pero había de averiguar de una vez por todas qué pasaba. 
Y allí estaba ella, tumbada sobre la cama con un libro abierto entre sus manos.  
Quiero pensar que me estaba esperando, pues el gesto de aproximación que me hizo con sus dedos no daba lugar a equívocos.  No cruzamos palabra alguna.
Me desperté yo solo en su cama. Golpeaban la puerta, no entendí bien qué gritaban, aunque sí claramente la palabra “Policía”. Entonces me di cuenta de mi comprometida situación. ¿Dónde estaba mi atractiva vecina? 
Había desaparecido.
Me sentí como un ratón cazado en una maldita trampa.

sábado, 2 de junio de 2018

Ser abuela



Cuando digo “mi nieta” se me llena la boca orgullosa de nubes blancas y vaporosas, de tanta ternura que no sé dónde esconderme para que no se me escape esta dicha inmerecida. Y allí está ella, que me llama ¡yaya! para que la acompañe. Y me da la manita, dando saltitos o caminando de puntillas, para bailar o imitar los sonidos que hacen los animales o jugar llena de inocencia con sus cuentos y su cara de pilla y de rizos y esos ojos que te alegran la vida cada vez que te miran. Y no sabes qué hacer con tanta felicidad.



domingo, 10 de diciembre de 2017

IN MEMORIAM




Querido Carlos, nunca nos hubiéramos imaginado que esa maldita y perversa enfermedad te arrancara la vida tan pronto.
Por suerte para mí, siempre apareces en mis recuerdos desde la infancia, cuando éramos niños en la calle Sevilla y teníamos la suerte de vivir todos los primos juntos y juntos también pasar los largos y estupendos veranos en Benimantell. Nos peleábamos, nos pegábamos, jugábamos e incluso íbamos a la doble sesión del cine Aitana una vez a la semana. Todo constituía una aventura: subirnos a los árboles, ir en burro, pescar renacuajos y contar historias a la puerta de la iglesia en la plaza del pueblo. Esas son las imágenes que guardo celosas en mi memoria, mi mayor tesoro.
Eras mi primo mayor, y nos llevabas la delantera a todos, estudiaste en Alicante, te casaste, formaste una familia y a la par te hiciste aventurero, viajabas por el mundo como si fuera tu casa. Aunque siempre te acordabas de mí, venías a visitarme por motivos del trabajo y a invitarme a comer por ahí cuando yo era una joven estudiante sin dinero y a insuflarme esas ganas de vivir que tú contagiabas sin darte cuenta a los que estaban contigo. Desprendían una alegría que solo poseen los tocados por la fortuna, que le arrebatan a la vida sus mayores placeres. 
Estoy convencida de que ambas, la fortuna y la vida, se han enamorado de ti y celosas, se te han llevado para disfrutarte y que les alegres sus días.
Yo y todos te vamos a recordar como tú eras antes de la maldita enfermedad: desprendido, espléndido, siempre risueño y jovial…  y  todos los que te queremos así te llevaremos siempre en nuestros corazones. 

lunes, 20 de marzo de 2017

No estaba sola



“Un paisatge és una forma de percebre i valorar un territori, una manera d'habitar-lo, i de teixir en ell i amb ell la identitat personal. No poder continuar vivint en el propi paisatge significa perdre una part fonamental d'un mateix”.  Marta Tafalla

Violeta nunca pensó que la vivienda que había heredado de su abuela en un popular barrio valenciano iba a verse de pronto rodeada de edificios caros y de casas rehabilitadas por equipos de arquitectos prestigiosos. Tiendas de diseño, restaurantes, pubs, cafés y galerías de arte sustituían a los antiguos comercios de toda la vida.
Estaba muy inquieta con los cambios que se producían de la noche a la mañana, y se sentía como una superviviente de su entorno.  La gentrificación hacía que las clases sociales más desfavorecidas se vieran obligadas a abandonar sus casas.
–¿Y quién sabe qué reglas rigen ese flujo vivo y cambiante? –se preguntaba.
Había leído en algún lugar que inversores británicos estaban comprando edificios enteros.
–¿Tendrá todo esto algo que ver con el misterioso Brexit? –seguía preguntándose al tiempo que paseaba y contemplaba su barrio.
Ella, desde luego, no tenía ni idea. Por eso salía a la calle a plasmar los constantes cambios del lugar con su cámara, como una espectadora de su tiempo. Fotografiaba las fachadas de las casas antes y después. Se metía en su interior y también captaba su alma y retrataba la magia de lo visible y lo invisible. Hablaba con los inquilinos, forzados a emigrar a la periferia a causa de esos alquileres insostenibles.
A veces pensaba que estaba viviendo en los fotogramas de una película futurista, pero otras, la mayoría, su entusiasmo decaía frente a las continuas afrentas al corazón de los viejos edificios.
Atrás quedaban las historias de los zaguanes de azulejos valencianos con sus cenefas modernistas repletas de coloridas frutas y flores. No tenían nada que ofrecer frente a las asépticas y frías losas de mármol o micro cemento que representaban la modernidad.
Violeta había vivido en ese céntrico barrio toda su vida, allí se casó y se quedó viuda, allí también la jubilaron anticipadamente de su trabajo en la administración periférica. ¡Tanto tiempo únicamente para ella a lo largo del día! Por eso decidió comprarse una pequeña cámara y dedicarse a uno de sus pasatiempos favoritos. Había realizado algún curso de fotografía y no le salía tan mal.
Además, se encontraba bien físicamente, practicaba taichí y meditación en un local de terapias orientales cercano a su vivienda, y le encantaba caminar sin rumbo por su ciudad.
De las habitaciones de su antigua casa, una la empleaba para realizar su afición a las manualidades, y otra la destinaba a estudio y laboratorio fotográfico. Numerosas copias en blanco y negro colgaban sujetas con pinzas, de hilos de la pared. Era el cuarto oscuro.
Por el contrario, en la sala que daba al balcón y a la calle, la luz entraba a raudales sobre la mesa, cubierta siempre de telas, agujas, ganchillos, hilos, cuentas de colores y diferentes útiles de trabajo. Allí Violeta realizaba distintas obras: mariposas que separaban páginas de libros o eran pendientes o collares; flores que servían de adornos a puertas y paredes, que eran broches o pasadores para el cabello, o bien se colocaban de adorno en un jarrón. Arco iris que pendían de lámparas o que se podían situar en el centro de alguna habitación atravesándola de una esquina a su opuesta. Las vendían diferentes tiendas, incrementando con ello su exigua pensión.
Péndulos de cristales colgaban del balcón donde vivían las macetas, haciendo que la luz se descompusiera en sus diferentes reflejos bailarines. Siempre había sido muy imaginativa y colorista y le gustaba rodearse de objetos curiosos.  Y ahí se sentía ella misma y muy bien.
Menuda e inquieta, cada mañana dejaba a Augusto, su gato, alimentado y con sus necesidades satisfechas, antes de lanzarse a la calle con la cámara siempre guardada en el interior de su bolso bandolera.
Fue una de aquellas mañanas cuando leyó en la puerta de un atelier vecino, la convocatoria de un concurso de fotografía para aficionados, circunscrito a imágenes del barrio. Justo lo que a ella le gustaba, ¡no podía creerlo! Entró a informarse y recogió un folleto con las bases.
El Ayuntamiento de Valencia era el patrocinador, el premio sustancioso, tres mil euros. Una única fotografía o una serie sobre el mismo objeto o tema. La finalidad, por supuesto, consistía en publicitar las profundas mejoras del barrio.
Un cosquilleo de ansiedad le recorrió la espalda. Sin darse cuenta y sin poder pensar en otra cosa, sus pies la habían encaminado hacia los árboles de los jardines del antiguo cauce  del Turia. Allí podría pensar tranquila. Contaba con poco tiempo, el plazo de presentación de trabajos acababa en dos semanas, y siempre podría escoger entre todas sus fotografías, las que más le gustasen. Pero… ¿iba a colaborar con el objetivo del concurso? –dudaba para sí.
–Por supuesto que no lo haría, –se contestó en un diálogo interior.
Pasó unos días encerrada debatiéndose entre múltiples posibilidades. Eligió las fotografías de mejores encuadres y enfoques, las que parecían difuminadas como cuadros impresionistas y las que tenían movimiento. Consultó entre sus amistades, y finalmente no se decidió por ninguna, sino que presentó una serie totalmente nueva. Estaba muy satisfecha con su trabajo. Los vecinos de su casa andaban también revueltos y ajetreados.
Siguió con su vida mientras el jurado se tomaba un tiempo para la deliberación.
Por fin llegó el gran día, la habían convocado en el Salón de cristal del Ayuntamiento, allí anunciarían el fallo del concurso y después conocerían de primera mano los trabajos premiados y finalistas en la sala de exposiciones.
No la nombraron entre los ganadores. Se sentía abrumada y cohibida en aquella sala tan lujosa. Su esperanza se desvanecía cuando Violeta oyó su nombre en una mención aparte. Una categoría diferente. La  máxima cuantía otorgada. Lo hicieron al final del acto, para resaltar la importancia del premio.
“Una mirada valiente” ha obtenido por la plasticidad de las diferentes escenas, sus texturas, luces y sombras, y el dramatismo de las imágenes plasmadas, el premio “Ojo crítico” del certamen, el máximo galardón otorgado.
Allí estaba la fachada de su casa, tan necesitada de reformas que no se podían pagar, en una gran imagen.  Conforme se bajaban los ojos desde el tejado hacia la calle,  aparecía una serie de ampliaciones de los balcones de cada vivienda con sus respectivos inquilinos.
Empezando por el último piso de la finca, el de ella, y manteniendo la misma focalización, en un barrido vertical,  se veían: el balcón del cuarto piso con Violeta muy seria, asomada entre las macetas y Augusto en brazos; el balcón del tercero, con la familia Serrano al completo, seis personajes muy dignos, de tres generaciones, que apenas cabían juntos y miraban atentos a la cámara; el balcón del segundo, con la pareja de ancianos que cogidos de las manos, parecían a punto del llanto junto a unas maletas ya cerradas;  por último, el balcón del primero acogía a una familia de senegaleses con sus dos hijos pequeños en brazos, ella dejaba traslucir bajo su vestido un vientre abultado.
Los ojos de todos ellos resaltaban en la oscuridad dominante del encuadre y parecían confiar en el objetivo de la cámara para mejorar sus condiciones de vida. Les iba la vida en ello.
Al llegar al pie de la fachada, sobre el portal de la puerta de entrada, se distinguía un cartel: “PRÓXIMO DERRIBO POR OBRAS”.
Violeta no estaba sola.






viernes, 18 de marzo de 2016

Crónica de un "acostumbramiento"


Normalizar horarios, paisajes, comidas, clima y un largo etcétera constituye la aventura de viajar.
Ahora os relataré en qué han consistido semejantes novedades en nuestro periplo por este país.
Primero, el despertar matinero. Ya sabéis que como soy muy madrugadora a mí este ritmo me gusta, pero tiene sus contrapartidas, está claro. A las seis de la mañana estamos todos ya desayunando y luce el sol que da gusto, pero a las nueve de la noche nos vamos todos al lecho.
Si vas paseando ensimismada y a lo tuyo no te percatas, pero si oyes en lo alto de los árboles un ligero ruido de ramas que se golpean no pienses que es el viento, no y apártate corriendo, son los monos que se balancean y al poco empiezan a caer cocos o mangos según el árbol que se estén trajinando. Mangos que luego aprovechará Gonzalo para hacernos batidos y mermeladas. Porque aquí no se tira nada.
Las carreteras en Península Nicoya como tal no existen, así que la "pura vida" consiste en bajarse del carro que patina en las cuestas arenosas y caminar bajo un sol inclemente hasta que el conductor consiga sacarlo. Así que ya sabéis, bicicletas o andando porque no tenemos los 4x4 que llevan todos por estos polvorientos caminos. Y el carro de Cris y Gonza ha de ser vendido de nuevo al acabar el viaje. 
Acostumbrarse a los sonidos nuevos y animales selváticos también tiene su miga, hemos conocido al koatí y al aguti, pero lo peor es el estruendo ensordecedor, el rugido abismal de king kong que realizan los monos aulladores que viven en este lugar. No es que aúllen, es un aterrador bramido que te eriza el vello y que te recuerdan a las manadas de orangutanes y a Tarzán, que no sabes por qué no aparece y se los lleva a todos pitando, pero ¿qué hacen aquí? No, querida, qué haces tú. 
Es su terreno, están en su casa. Y te tragas los miedos y les das la razón, que griten lo que quieran porque eres tú la intrusa.


Acostumbrarse a ir a la playa a las ocho de la mañana y ver que las piedras tienen patas y caminan. Cuando te aproximas, después de abrir y cerrar los ojos unas cuantas veces, te das cuenta de que son ermitaños con la casa a cuestas, recorriendo a toda pastilla la arena en una incansable carrera a ningún lado. 
Y no ver ni un alma viviente en estos mares del sur, solo pelícanos y alcatraces que se lanzan a tumba abierta y perpendiculares a la superficie del mar a por sus manjares diarios. 
Nosotros, eso sí lo tiene, como inmejorables representantes de la civilización occidental nos llevamos nuestras sillas plegables para ubicarnos a la sombra de los cocoteros y proceder a la lectura como si estuviéramos en el tresillo de casa, sin despeinarnos, y de vez en cuando, tomando carrerilla parapetados bajo nuestros sombreros y pareos para no quemarnos, volamos hasta el agua y entonces sí, nos reconocemos en la sal del mar y suspiramos satisfechos. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Diario de viaje C.R.


Abandonamos el Caribe y seguimos viaje hasta la capital para buscar a Lucas que llega hoy al aeropuerto. Nos ha gustado mucho esta zona caliente de jungla, manglares y playas paradisíacas de arenas coralinas.
Lo mejor de nuestra llegada fue ver a los chicos: Cris guapísima y morenísima y Gonzalo también muy guapo. Olvidamos las once horas de avión incómodas y los nervios del aeropuerto esperando la maleta que no salía.
Nos abrazó una suave ola de calor tropical al salir al exterior, que envolvía la más cercana de nuestros chicos.
Los días en Grecia, en casa de Carol, que finalmente resultó ser un señor polaco, fueron nuestra primera toma de contacto con el país, colinas verdes de cafetales y volcanes en lontananza en los valles centrales de Costa Rica.
Descubrimos carreteras, comidas y monedas. Gonzalo conduce y nos prepara la comida cada día en casa. Allí nos dieron la maravillosa noticia de que van a ser padres, aunque no lo puedo contar todavía. Y  una amplia sonrisa ha pasado a iluminar el viaje y nuestras vidas desde ese mismo momento.

martes, 23 de febrero de 2016

Mágica rehabilitación



Para Nuri, Esperanza, Lucas, Antonia, Elena, Magda, MªAngels, Daniela, Antonia, Ana y tantas más… que han hecho  que brille el sol un ratito cada tarde.


(La fisioterapeuta te da la hora según el número de pacientes y la adecuación y conveniencia de tu horario).

A las cuatro de la tarde coincidíamos un nutrido grupo de mujeres y Nuria nos repartía entre las diferentes máquinas de nombres impronunciables. Algunas no nos conocíamos, o  solamente de vernos por la calle. Es lo que tiene vivir en un pueblo, que casi siempre te pones a hablar y aparecen amigos comunes. Después coincidíamos en un corro de sillas alrededor de las TENS donde nos iba enchufando veinte minutos a cada una  y donde todas nos mirábamos las caras. Solo faltaba la mesa camilla.
Una vez contadas nuestras diferentes operaciones, accidentes y males, hablábamos de  temas comunes  y cuando ya fuimos cogiendo confianza, cada una explicaba algo de su vida.
Y empezaba la reunión, que al pasar los días más bien parecía una terapia de grupo, e incluso a veces una sesión de risoterapia.
Los días que nos reíamos como locas venía el enfermero desde su puesto vigía a la entrada de la clínica, Lucas, a mandarnos callar. Y entonces nos entraba más risa, como cuando estás en un entierro y no te puedes reír y disimulas  y casi te lo haces encima aunque esté  muy mal decirlo. Los tabiques que separaban las consultas eran tan finos que molestábamos a la psicóloga, que nos oía a nosotras mejor que a sus pacientes.
No sé si la rehabilitación, sinceramente,  nos servía para algo, en eso somos un poco escépticas, pero nuestros huesos sí salían más rijosos y nuestra visión de la vida, más placentera. Es estupendo reír porque sí. Mujeres tales como empleadas del hogar, jubiladas, restauradoras y comerciantes, nos sentíamos unidas en nuestro infortunio y convertíamos las penas en chistes. La vida se complica tanto y es a veces tan brutal, que encontrar personas con las que poder charlar y reírte un rato se convierte en un bien precioso. Es un freno en nuestra desenfrenada vida.
Algunos días aparecíamos  con una coca dulce para hacer una merienda comunitaria y, en ese momento, nos importaban bien poco nuestros males y nos levantábamos prestas a ayudar con las servilletas, los vasos y lo que fuera… que colocábamos encima de una mesa rehabilitadora multiusos/multifunciones que nadie nunca utilizaba.
Cuando nuestra fisio, Nuria,  nos decía: ya acabas, Antonia, creo que terminas hoy. La susodicha nos miraba compungida y contestaba:  bueno, pero ya sabes que volveré a ir al trauma porque aún no me encuentro bien.
Y nuestro pequeño círculo ensanchaba una amplia sonrisa de complicidad, y respiraba tranquilo y aliviado, pues ya sabíamos que esas eran las palabras mágicas para continuar viéndonos cada tarde un ratito sin importancia, que apenas restaba en nuestro quehacer cotidiano, sino que al contrario, sumaba mucho, muchísimo, en cada una de nuestras atrotinadas vidas.
Gracias, muchas gracias.


Malén Carrillo