jueves, 19 de septiembre de 2019

Más que amigas



Te quiero hacer un regalo,
Que sea verdaderamente
importante,
y creo que  solo puede ser uno.
Celebremos la vida,
nuestro compromiso con el mundo
y regalémonos:
Tiempo para estar con los nuestros.
Tiempo para recordar personas y situaciones queridas.
Tiempo para pensar en la vida.
Tiempo para nosotras mismas.
Tiempo para soñar y contemplar el cielo.
Tiempo para disfrutar de lo que tenemos.
Tiempo para reír.
Tiempo para estar aquí.
Porque
Te quiero.

Magdalena Carrillo

(Texto inspirado en
"Te deseo tiempo", poema de Elli Michler)

martes, 20 de agosto de 2019

UN VIAJE DE LIBRO


Lisandro Rota

Me he levantado, ágil y atlética. Con cuarenta años menos. En tres zancadas olímpicas voy hasta tu casa, te despierto, te tomo de la mano y te explico el plan.
Iremos juntas.
No hay pero que valga.
Nos encantan y embelesan todas las historias.
Es un viaje que ya hemos hecho muchas veces a través de las letras.
Tú quieres marchar en el cohete de Verne y yo en la escoba de la bruja Curuja. Nos ponemos de acuerdo y, como el viaje será cronológico, lo haremos en las botas de siete leguas de Pulgarcito para sumergirnos de lleno en la fantasía infantil, poblada de animales parlanchines, enanos y princesas. Y pelearemos contra gigantes, brujas y dragones. El saldo será a nuestro favor y tras un breve recorrido por los relatos de adolescencia y juventud, llegaremos a nuestras novelas, las de hoy y siempre.
Nos dispersamos un rato para decidir por dónde seguir y de inmediato te vas con Anne Perry, que tanto te gusta, tras las huellas de Agatha Christie y Patricia Higsmith, mientras yo aprovecho para visitar a las hermanas Brontë​​ y tomar el té en su casa. Y, de paso, acercarme a conocer la famosa isla de La sociedad literaria. ¡Curiosa que es una! Hacemos un recorrido por el Norte de Europa, –incluyendo Islandia–  porque desde que nos dejó huérfanas Henning Mankell, nuestro panorama en esa zona resulta ser siempre muy negro. Marianne Fredikson nos sigue entusiasmando para compensar dicha negritud. Ya en el continente, Alemania y Francia están presentes siempre. Tú como eres francófila, te entretienes con Sagan, Duras, Yourcenar y Amélie Nothomb. Sí, ya sé que hay muchas más: Fred Vargas, Lemaitre, Muriel Barbery…
Damos un gran salto por la Rusia de la literatura decimonónica y llegamos al continente asiático. Al Japón de Tokio Blues, a la China de Amy Tan, pero sobre todo a la India: Arundati Roy, Jhumpa Lahiri, Chitra Banerjee Divakaruni, Anita Nair y sus vagones llenos de mujeres.... Cruzaremos el Pacífico para saludar a las plumas de Norteamérica. Tantas, tantas... Imposible mencionarlas todas: Lucía Berlín, Alice Munro,  Alice Sebold, las canadienses Margaret Atwood y Louise Penny … 
Tras ellas, Latinoamérica nos abrirá los brazos de Norte a Sur con sus mágicas historias, la cruzaremos desde México hasta Chile y Argentina, pasando por Cuba. Conoceremos a Ángela Mastreta, Laura Esquivel, Claudia Piñeiro, a Isabel Allende y tantas más, herederas / sucesoras del famoso boom... Y nos quedaremos allí mucho, mucho tiempo porque estamos entre amigas y nos sentimos como en casa. Llegaremos al gran continente africano cuyas voces se hallan repartidas por diferentes lugares del globo. Especial hincapié haremos en Sudáfrica con Nadine Gordimer y J. M. Coetzee. Pasaremos por la tierra natal de Chimamanda Ngozi Adichie, que ya hemos recorrido en sus novelas, Nigeria.
Saldremos al aire del Mediterráneo árabe de Amin Maalouf, Naguib Mahfuz, Ahdaf Soueif y Yasmina Khadra. Lo cruzaremos para recorrerlo como Ulises, aunque sin tener a una Penélope aguardando. Así somos nosotras, y sí, visitaremos Grecia. Atenas y sus atascos en el coche de Jaritos.  Sicilia, de la mano de Montalbano. Iremos a Nápoles, que ya lo habíamos visitado en la tetralogía de la enigmática autora de Las dos amigas, Elena Ferrante. Y tras ello, con la brisa marina a nuestro lado, regresaremos a casa sin olvidarnos del Portugal atlántico de Pessoa y Saramago. Y una vez aquí, disfrutaremos de la lectura en cualquier punto del mapa. Nos acompañará un montón de autoras, hemos de decirlo, con las que nos sentimos muy a gusto ambas porque son luchadoras y valientes y han alzado su voz contra las injusticias de una sociedad de hombres: Martín Gaite, Laforet, Gloria Fuertes, Dulce Chacón, Matute, Rosa Montero, Almudena Grandes, Care Santos, Elvira Lindo, Marian Izaguirre, Elia Barceló y muchas otras más, con las que tanto compartimos. Es por ellas y por nosotras, las lectoras de aquí y las de lejanos continentes, por todas esas personas que con sus libros hacen que vivir merezca la pena.
                      
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A mi amiga María José Baña, y a mis demás amigas lectoras. 

lunes, 12 de agosto de 2019

Recordatorio





Unos tubos la conectaban a las máquinas que vigilaban todas sus constantes vitales. Los datos se reflejaban en sendas pantallas. El vendaje, al modo de los jemeres rojos, no te dejaba mirar hacia otro lado que no fuera su cabeza. Era un imán. Entraron sus hijos a visitarla cuando su mente se paseaba por el interior de la nevera de su casa. Qué había y qué no había.
Fue el momento más apropiado:
-Esta noche para cenar os hacéis las gambas frescas con pasta!! -les ordenó.
Así nada caducaría ni se tiraría mientras ella permaneciera en el hospital y podría descansar sin preocupaciones.
Su familia, con una media sonrisa tranquilizadora, pensó que ya se encontraba mucho mejor.

domingo, 4 de agosto de 2019

Trampantojo


Eres la dueña de todas las palabras. 
Pero ellas no te obedecen, se desordenan
y se colocan a su antojo
en la estantería del área de Broca. 
Y si, por ejemplo, quieres decir:
"Este aire caliente está agostando mis plantas"
Dices:
"La suave brisa acaricia con nubes de algodón mi cara".

Entonces comprendemos que, verdaderamente, amiga, te  has convertido en poeta.


Para María José,
con todo mi cariño.

lunes, 8 de julio de 2019

¿Esto es París?

Vamos cantando alegres por la calle. Ella recuerda todas las canciones que yo le entonaba cuando era muy pequeña. Ahora ya sabe las palabras que acompañan a la música.
También las rimas y retahílas infantiles. A grito "pelao" ambas. Se zampa los mocos y todo lo que pilla por el suelo porque ha hecho suya la campaña desperdicio cero. Le gusta ir sola por la acera de la calle con su patinete de tres ruedecitas, a veces de la manita. Es muy independiente.  Va al váter ella solita desde que le quitaron el paquete. Aún no tiene tres años y se limpia los dientes y se quita y se pone ropa y zapatos a su antojo. Le gusta jugar al escondite aunque siempre se esconda en el mismo sitio. Es una experta contorsionista y no hay obstáculo ni altura que se le resista, ya sean hierros, cuerdas o rocas. Las sabe trepar, saltar, evitar o lo que haga falta.  Recuerda los nombres de todas las personas que conoce. Le encantan los helados y el agua que pica (con burbujas).  Usa de su argucia y ,  como una instruida pícara, se las ingenia para conseguir un helado a diario. Cada día vamos a un parque diferente y si son de agua, mejor que mejor. Rebosa felicidad en todos sus gestos y es imposible no estar alegre a su lado. Le gustan las historias de lobos, brujas y cocos, al tiempo que  le dan miedo.  Le encantan los cuentos y que le narren historias. Aunque lo más divertido para mí de esta nómada, inocente viajera,  mientras caminamos o cruzamos boulevards o rues, es que todo el tiempo me pregunte incansable: esto es París? Esto es París?





lunes, 1 de julio de 2019

Por un rato... soy la reina de los mares

                                                                                                      Sirena de Anna Varella

No tengo playa donde vivo, solo un puerto de refugio, que es una pequeña entrada en la Serra de Tramuntana.
Hay en él, un  rincón donde me gusta ir a nadar. Aflora el agua dulce entre las piedras submarinas. Son  fuentes del agua  muy fría que se mezcla con la del mar. Así que siempre está fresco. Un placer de las diosas. 
Me gusta llegar pronto, cuando aún no se han levantado los turistas y los barcos duermen todavía.Tan pronto por la mañana y tan vacío que parece una gran balsa para mí sola, un safareig, como dicen por estos lares. Solo me acompañan los patos.
Floto y mi cuerpo no pesa, ingrávido, y me separo de mí misma y de los dolores, problemas e insatisfacciones. Respiro profundamente y desaparezco y me reconozco formando parte  del cielo y del mar como si fuera otra especie de ser vivo de este pedazo de paraíso, o al menos así lo siento. Me cobijan cielo y mar. Y creo que esto debe ser la felicidad. Y me regocijo durante un rato largo flotando y disfrutando mar adentro. Sobrevuelo con mis aletas las praderas de posidonias y miro cómo nadan tranquilos los peces. Me gusta observar la vida tras mis gafas de bucear. Y alejo de mi pensamiento  la muerte.
Y al cabo de un par de horas, el placer se termina. La dicha es breve. La playa se va llenando de gente y los barcos empiezan a molestar con el ruido atronador de sus motores. El sol ya quema. Y entonces yo me despido hasta el día siguiente.

jueves, 27 de junio de 2019

Álbum de recuerdos


Hay que recuperar las viejas historias y las viejas fotografías. Esta es antigua y, a la vez  novedosa, merece la pena. Nos nutrimos de ellas. Son nuestra vida.
La he rescatado del cajón de la mesa de trabajo de mi difunto padre. Acumulaba mucho polvo. Ya es hora de que salga a la luz.

                                     
George era un joven apuesto, esbelto y de muy buena presencia. Tan joven que tenía toda la vida por estrenar. Su amigo, un hombre curtido, veinte años más. Se apreciaban. La Segunda Guerra y el azar los había unido fuertemente. Ambos eran británicos y habían defendido a Inglaterra del avance del nazismo. Al poco de acabada la guerra, lo invitó a su casa, en el campo, para que conociera a su familia.
Nuestro protagonista todavía no sabía qué era el amor, pero Nora, la mujer de su amigo, sí. Sucumbió fascinado a su embrujo. Ella era una persona insatisfecha a pesar de su matrimonio y sus dos hijas. Ser ama de casa y madre no la colmaba, le quitaba aire, la asfixiaba. Necesitaba más, tenía inquietudes. Era poeta. Cuando terminó la guerra se acabó el trabajo de ayuda fuera de casa. Regresó su marido, Robert, tan rústico, y se instaló la rutina diaria.
Nora sabía de otros placeres y otros mundos porque la literatura le apasionaba. Se miró en los ojos de aquel joven y se gustó. Nadó en sus pupilas sin ahogarse. Podía respirar.
El condado de Cumbria, al  Noroeste de Inglaterra, no era el mejor lugar del mundo para las aventuras extramatrimoniales de un ama de casa descontenta, ni Abbeytown, con sus escasos habitantes tras la contienda, la mejor localidad para soñar. Cerca de la frontera con Escocia y con la región Nordeste de Inglaterra y de la costa del mar de Irlanda, solo podía fantasear con viejas historias de princesas y prisiones en castillos ruinosos y de barcos vikingos a bordo de los cuales poder cruzar el Mar del Norte. Viajar. Huir.
Sus ganas de cambio y de escapar de su pequeña realidad la lanzaron a los brazos del amigo de su marido.  Como George no bebía y no acudía al pub cada tarde, se quedaba en casa solo, ayudando en la cosecha, mientras Robert se tomaba unas pintas.
Y esos fueron los momentos en que Nora le enseñó todo lo que él debía aprender.
Tras finalizar su estancia, George regresó a Londres. Empezó a trabajar, se independizó de sus padres y el tiempo hizo lo demás. Se distanciaron. No solo les separaban físicamente cientos de kilómetros, sino que George estaba muy lejos de la hija que Nora aseguraba que era suya. Él tenía ya su  familia. La niña podía ser de Robert.
Las hijas de Nora crecieron, pero la pequeña Mary era muy diferente físicamente de sus hermanas mayores. Su madre nunca le comentó su temor.
Por su parte, el hijo de Joseph, Stephen, creció como hijo único, estudió, trabajó y formó también su propia familia.
Y cuál no sería su sorpresa, ya jubilado felizmente, cuando hace poco, como en un cuento de hadas, o por arte de magia, lo descubre su hermana Mary, ya anciana, a través de un análisis de ADN. En él se afirmaba que compartían un mismo padre. Ella estuvo estudiando su árbol genético hasta dar con su medio hermano. 
Él se quedó más que estupefacto con la noticia. Desconocía su existencia.
Mary le explicó la historia que había descubierto y juntos fueron atando cabos. Ella quería saberlo todo. Conocer quién era su hermano y quién había sido su padre biológico. Tal vez algo obsesionada y angustiada, porque temía llegar al final de su vida sin comprender quién era ella realmente. Juntos miraron los viejos álbumes de fotografías familiares.  De sus dos familias y compartieron todas las historias.
Ahora, siente que se han completado sus raíces, se ha cerrado el círculo y ya puede descansar tranquila, podrá atesorar sus recuerdos. Se siente, finalmente, feliz.

Para mi amigo Stephen Foster, que me contó esta historia real y maravillosa. 



martes, 4 de junio de 2019

Una persona muy especial




Había una vez... Un pequeño pueblo llamado Jesús Pobre que tenía una pequeña escuela, pero no tenía maestra. Duraban poco las que mandaba el ministerio, pues habían de hacer cosas importantes en otros lugares más grandes, además allí se aburrían.
Un buen día llegó una joven maestra de cabellos rojos muy cargada con sus repletas maletas y baúles.

Le gustaron mucho la montaña, el cielo, las estrellas, el mar cercano y los niños. Sobre todo, los niños.
–"Aquí seré feliz" –aseguró convencida– y se quedó a vivir en el pueblo muy, pero que muy contenta. Sacó, de sus bolsas tan llenas, montones de cosas extrañas como poesías, sonrisas, pinturas, ilusiones, cuentos, música, buenas palabras y deseos. Toneladas de abrazos. Y empezó a repartir a troche y moche.
Pintó de colorines la escoleta y sembró muchas flores y un huerto. Pronto creció un campo de deportes y de juegos, una estación meteorológica, un corral para los animales y un laboratorio de idiomas. Todos los niños estaban muy felices y se lo pasaban requetebién aprendiendo.
Si hacía mucho calor se sentaban a la sombra de los árboles, cantaban y dejaban volar su imaginación hasta que los pájaros se aprendían de memoria las tablas de multiplicar. 
Con ella era muy fácil saberse los países, ríos y cordilleras, mares y océanos porque los continentes de los mapas cobraban vida cuando  los tocaba con sus manos. 
Si llovía abrían paraguas de colores y formaban casitas como los esquimales y sin darse cuenta aprendían el nombre de las estrellas que no se fugaban. Los graves problemas matemáticos se resolvían jugando a la rayuela o al escondite, que eran juegos muy difíciles.  
Así, entre nubes, cuentos, música y magia fueron pasando los días y los años. Los niños y las niñas se hicieron hombres y mujeres.
–"Ya va siendo hora de marcharme –les dijo la maestra–. Es tarde y he de seguir mi camino. Aquí ya no me necesitáis". 
El tiempo se había encargado de pintar de blanco sus rojos cabellos. Recogió sus bártulos cargados ahora de muchas risas y abrazos.
Los niños hicieron una gran fiesta de despedida en el patio, donde la magia se apoderó de todos los presentes que jugaron y bailaron hasta que ya no pudieron más.
El viento repetía las voces de los niños: 
¡Hasta siempre Tica! Nunca te olvidaremos


Ilustraciones de Mata Montañá y Tanja Stephani

martes, 2 de abril de 2019

Sexalescencia



Para las más de las siete décadas que ya cuenta en su haber, se siente en plena forma. No las aparenta, no, nada de eso. Parece más joven que sus amigas de sesenta porque es así,  una persona juvenil e inquieta. Sí, ella no para nunca, solo cuando se echa en la cama al final del día, a leer o a hacer crucigramas. Camina mucho siempre, hace Pilates y alguna actividad más, y eso a pesar de la rodilla que le da algún disgusto. El humor también es muy importante en su dieta vital y siempre ríe  y está de broma. Es muy coqueta, le gusta ir bien vestida con colores alegres y llamativos que destaquen su figura y su corta cabellera pelirroja de niña. Confesará que ha sido una persona agraciada y que la vida la ha tratado muy bien a pesar de los tres maridos aprovechados que le sacaron el oro y el moro: la juventud, la alegría y el dinero. Ahora ya no quiere ninguno más. Solo amigos. Con derecho a roce, eso sí, pero nada más, cada cual en su casa. Alguna canita al aire cuando surge y sin mayores complicaciones. Ella es feliz, muy feliz así. Con sus amigas y amigos, sus cervecitas, sus excursiones y el camino de Santiago una vez al año.  Ahora aprovecha el tiempo para hacer todo lo que le viene en gana y no pudo hacer cuando era joven con aquellos padres tan estrictos. Ahora descubre el placer que proporciona el sexo sin compromiso y sin miedos por muy profundo que se haya escondido. Y disfruta más de las nuevas sensaciones. Que se va de excursión con el IMSERSO y  sus amigas, pues estupendo, si en el camino el chófer se le insinúa y a ella no le disgusta sino todo lo contrario, pues de acuerdo,  se echa una canita al aire, que por cierto no tiene, y aquí paz y después gloria. Que su amigo el caminante le da un masaje en la rodilla dolorosa y las manos trepan sin querer y la friega ya no tiene que ver con la tibia ni el peroné, sino con el punto G, pues mejor para ella, más gustito. Que la excursión ha sido muy cansada, pues un bañito de vapor con unas sales y a disfrutar. Y esa es su filosofía cotidiana: estrujar la vida y vivirla plenamente para sacarle el jugo placentero hasta que el cuerpo aguante.

Nunca se sabe



De un tiempo a esta parte Penélope era una mujer invisible. Estaba segura de ello. Fue dejar de trabajar y sentir que la invisibilidad afectaba a todos los órdenes de su vida. Había cumplido los sesenta y cinco años y su cuerpo ya no era un objeto de deseo para nadie, ni siquiera para ella misma. Su autoestima estaba por los suelos. Aunque nunca había dado demasiada importancia a su imagen, sentía que  su atractivo personal la había abandonado conforme iba cumpliendo años. Todos estos pensamientos bullían por su cabeza mientras se miraba aburrida al espejo, dándose un toque de rojo a los labios, antes de salir a la calle a hacer unas compras.  Además se sentía sola. Echaba de menos las caricias y los besos de cuando vivía en pareja. A veces, también darle una voz a alguien. Sí, simplemente discutir o enfadarse o leer y comentar entre dos, –pensaba mientras cerraba la puerta de la casa con doble llave–. Así estoy yo, más que cerrada en mí misma, encerrada.
–Es muy difícil encontrar pareja a estas edades, –seguía pensando mientras bajaba en el ascensor–. Necesito besos, caricias, que alguien se preocupe por mí, practicar el sexo de cuando en cuando.
–Adiós señora Penélope  –la saludó un vecino a la entrada del portal.
–Adiós señor Jorge –respondió ella ensimismada, sin apenas mirarlo.
Al parecer para su vecino del quinto piso, la señora Penélope del octavo, sí que existía, pues se la quedó mirando con gesto placentero mientras ella ya cruzaba decidida la calle.
Estaba convencida de que Jorge, su vecino, era un hombre demasiado mayor. Por eso casi no le prestaba atención cuando se cruzaban en la portería o por el barrio. Si lo miraba no lo hacía con ninguna intención. Practicaba lo mismo que el resto de los mortales hacía con ella. Lo trataba como un ser invisible por su edad.
Fue ese mismo día cuando se dio cuenta –algún deseo debió de apreciar en la mirada de Jorge– de que era una solemne tontería que dos seres invisibles convivieran en la misma finca sin apenas palabras ni roce. Era malgastar energías y soledades. Se atrevió y se lanzó.  Él aceptó encantado su visita y las sucesivas sugerencias. Desde entonces se miran, se ven, se encuentran, se acarician, se besan, se reinventan, se acompañan y no pierden ni un minuto de su preciado tiempo.