Ilustración del libro Aquagim de Marina Sáez
Aquagym, aquafitness y no sé cuántos nombres más reciben los movimientos que se realizan en la piscina dentro del agua, claro.
En las clases de la piscina universitaria de la UIB, no somos universitarias precisamente, somos mayoritariamente mujeres, entre veinticinco y treinta por grupo y todas pintamos canas, aunque con el gorrito obligatorio no se nos ve el pelo.
El agua nos cubre por completo y no tocamos el fondo, por eso algunas realizan las actividades con un flotador de cinturón, que permite que nuestros ojos sigan al monitor, que es el único que permanece afuera, y que los susodichos no se introduzcan en el agua, pues veríamos muy poco y no podríamos seguirla.
Al no tocar el fondo con los pies nuestras articulaciones no reciben impacto. Y eso es fundamental para los ejercicios de piernas y brazos que realizamos en estas edades. Estamos todo el rato pegando patadas y coces adelante y atrás, con ritmo y con cuidado de no enviar una de ellas a nuestras compañeras más próximas. También hacemos tijeras y tijeretas, y levantamos marejadas.
Hay que decir que al ver únicamente las cabezas de colores de las compañeras no hay competitividad ni ansias por hacerlo mejor que nadie, puesto que no sabemos qué hace cada cuál por debajo, bastante tenemos con intentar seguir al monitor sin tragarnos toda el agua que se desplaza. Además de piernas, trabajamos también brazos, dando puñetazos y collejas al medio en el que estamos inmersas, a diestro y siniestro, a un lado y a otro, con ritmo y música. La música, a veces ni la oímos con tanta concentración y esfuerzo. A veces boxeamos y otras tocamos los bongos arriba y abajo. El ritmo, el que buenamente se puede.
Los día que viene Ángel, profesor de baile con mucha música, nos lo pasamos genial arreando las patadas al ritmo del "sufre mamón" o del "Marcapasos" de Marta, que no veas cómo acaban ambos. También escuchamos "La falda de tu raja" y otras canciones de casette de nuestra juventud, que las más dispuestas corean a grito "pelao".
Con Ángel no sólo no paramos en todo el rato al ritmo de sus palmadas sino que se nos ensancha el alma. También nos ofrece parodias de mojitos o gin tonics que bebe de su agua embotellada en un simulacro discotequero.
Lo peor llega cuando, acabada la clase, hay que salir por esas escalas de barco pensadas únicamente para hacernos patinar y que nos resbalen manos y pies, imposibilitando el ascenso. Es justo en ese momento cuando decides hacer unos largos por tu cuenta, para que tus compas no te vean subirlas como una lapa de escalón a escalón.
Después de la ducha incómoda y colectiva llega el momento del secado y del vestuario, donde las más intrépidas explican todas las enfermedades habidas y por haber que padecemos en razón de la edad, y la milagrosa terapia que efectuamos en la piscina.
Así que si antes se confiaba en la iglesia y en sus rezos, ahora el agua es nuestra diosa.
Aunque eso sí, el ejercicio lo hacemos entre todas.
Dedicado a Ángel Hurtado, nuestro profe bailongo y empático de jueves y viernes, que hace que salgamos con el corazón alegre y divertido.
Imagen de Lisandro Rota, artista

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