Hace ya dos piscinas que me pasa. O sea, dos veces que voy a la piscina y me sucede. El cuerpo a los setenta años y más... es algo distinto cada día y hay que escucharlo siempre.
Voy a la municipal por la artrosis de hombros y rodillas, casi por obligación y por cuidado.
Nado como puedo, estilo señorita y a mi aire, despacito y buena letra. Pero como decía al principio no sé qué le pasa a mi body, que cada vez que llego al final de un largo (25 mts), donde hay que dar la vuelta, se detiene y se pone a jadear como si saliera de ejecutar una difícil postura del kamasutra o similar. No son suspiros de cansancio, que tb se aprecian, sino de "prosigue, nena, que me encanta lo que pasa". Me quedo atónita conmigo misma y continúo nadando y dándome cuenta de que es un gustazo que no me duela nada dentro del agua y poder desplazarme casi sin dolor. Y llego, al cabo de un ratito, de nuevo al extremo y otra vez los jadeos y suspiros de relajo y satisfacción.
No los puedo parar, salen libres, y los vecinos de las calles adyacentes me miran sorprendidos. Yo estoy tan abrumada y asombrada como el resto de nadadores, pero dejo que salgan, imposibles de parar. Creo que hay que escuchar al cuerpo, que todo fluya como buenamente pueda y si, al parecer, disfruta como un enano, pues que siga. Al final, salgo de la caricia acuosa cuando ya no puedo aguantarme más las ganas del pipí. Y me pregunto:
¿Tendría que quedarme a vivir ahí siempre arrugada, meada y contenta?














